viernes, 14 de enero de 2011

EL HERMANÍN



Los dos vaqueros se adentraron en el campamento indio totalmente desarmados, pero aún así los pieles rojas desconfiaban y no dejaban de apuntarles con sus flechas.
-Jao, gran jefe.
-Jao, rostro pálido. Tú ser valiente viniendo aquí sin armas.
-Venimos a hablar contigo.
-Vosotros decir que querer.
-Queremos que dejes libres a Llimi y a Bili, del rancho Morgan.
-No liberar ni de coña. Yo matar a todos si no volvéis inmediatamente a vuestra esquina de la alfombra (aquella alfombra verde de la salita hizo las veces de pradera del oeste durante muchos años).
Sentí girar la cerradura de la puerta de entrada y me asomé a ver quien llegaba, dejando por una vez que los indios y vaqueros de plástico se las apañaran solos. Y allí, en medio del pasillo, me quedé de piedra al ver a mi madre con aquello entre los brazos.
-¡Mira Orla: el hermanín!
Meses atrás me habían comentado que si la cigüeña me traía un hermanín podía jugar con él y que si patatín, que si patatán; pero yo nunca había hecho comentario alguno que pudiera inducir a pensar que estaba de acuerdo con semejante idea. Por otro lado no me pareció que aquel enano supiera diferenciar a un caballo pinto de un corneta del séptimo de caballería, así que menudo compañero de juegos me habían traído.
-Ven hijo. ¡Ven a darle un beso!.
Lo que faltaba: meten en tu casa a un tipo que te hace la competencia y encima lo tienes que besar. ¿A ustedes les parece normal?.

Y después la cantidad de gente que lo vino a conocer, que le traían regalos y todo. Y se empeñaban en que tenía las manos enormes, y a mí, que las tenía mucho más grandes, nadie me decía nada. ¡No te fastidia con el enano de las narices!.

El tiempo fue pasando, el enano creciendo (años después me dio pena y le deje ser más alto que yo) y llegaron las peleas, que siempre ganaba yo, claro.

Compartimos juegos y castigos; y la zapatilla de mamá, que descalzaba para los dos por igual. Y qué contar de gripes, catarros y demás enfermedades, que nos intercambiamos como buenos colácteos, exceptuando el sarampión que el muy desalmado permitió que padeciera yo solito.

No recuerdo exactamente cuando, pero durante una buena temporada, tras la cena, nos tomamos juntos nuestros primeros ponches de vino dulce (de aquella marca que daba. . . ¡unas ganas de comerrrrr!), y no me negarán que une mucho eso de dormir las primeras borracheras compartiendo habitación.

De repente un día, sin saber cómo, dejó de ser hermano pequeño para convertirse en amigo grande, y desde entonces ya no le pegué más (pero se va a fastidiar, porque el beso no se lo voy a dar).

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