lunes, 28 de febrero de 2011

EL DIPLOMA



No había asistido a clase los días anteriores por culpa del maldito sarampión, aquella aburrida enfermedad que te obligaba a guardar cama sin la visita de amigos por temor al contagio y sin poder leer tebeos, ya que por motivos que desconozco (eso sí: por prescripción facultativa) había que cerrar la persiana del dormitorio a cal y canto, así como atenuar la luz de la lámpara con un celofán rojo. Pero como ya me encontraba mejor y eran las fiestas del colegio, asistí con mis padres a la entrega de diplomas a los alumnos más aventajados.

Para celebrar tal evento se colocó una mesa alargada en el escenario del salón de actos y, sentados tras ella, varios sacerdotes comenzaron a entregar diplomas a los mejores alumnos de PREU, los cuales esperaban entre bastidores hasta que escuchaban su nombre, para aparecer después orgullosos por la parte izquierda del escenario, recoger aquella cartulina enrollada y atada con una cinta roja y, tras estrechar la mano a todos los curas de la mesa, desaparecer tras la cortina de la parte derecha.

Yo estaba ansioso por saber quien sería el imbécil de mi clase que los curas habían elegido para representar semejante majadería, pero aún tenía que esperar un buen rato, ya que tras Los chicos del PREU -título de una película española de los años sesenta- pasaron por el escenario los muchachos del Bachiller Superior, seguidos de los benjamines del Bachiller Elemental.

Tras ellos los retoños de Primaria también recogieron su premio por orden decreciente. Comenzaron los de Cuarto, luego los de Tercero seguidos de los de Segundo y, por fin, los míos: los de Primero.

Con Primero A no hubo sorpresas, ya que subió al escenario un reputado empollón bien conocido entre sus coetáneos. Y por fin, cuando un cura llamó al de mi clase no podía dar crédito a lo que estaba oyendo: ¡dijo mi nombre!.

Quedé petrificado -¡pónganse en mi lugar: pertenecía a esa rara estirpe de los empollones y ni siquiera lo sabía!- hasta que, empujado por mis padres (¡corre Orla, que ta llamó a ti!, exclamó mi madre loca de contenta) me vi obligado a atravesar la sala desde una de las últimas filas y subir al escenario para recoger mi título de imbécil, visiblemente nervioso y confundido ya que, a causa del mencionado sarampión, no había ensayado el protocolo a seguir como el resto de los alumnos "diplomados".

No sé cuanto tardé en hacer el recorrido desde mi butaca hasta la platea, coger el papelito y regresar, pero les puedo asegurar que se me hicieron eternos aquellos instantes en que era el blanco de las miradas de mis compañeros y de las risas de sus padres. Creo que fue aquel mismo día, tras sentirme treméndamente ridículo, cuando decidí que nunca más volvería a ser el primero de la clase.

¡Y les puedo asegurar que cumplí mi palabra a rajatabla!

7 comentarios:

  1. Bueno, fíjate por donde que el imbécil que eligieron los curas resultó no serlo...que tiempos...a vosotros no os ponían una medallita por buen comportamiento??????eso si que era alucinante, bueno, debía ser alucinante. Ahora que pienso, no la gané nunca. ...
    un abrazo,

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  2. Bueno, Oñera, no te quejes que al menos te dieron un diploma.....A mi nunca me lo dieron así en ese plan :)
    Más vale sentirse "ridículo" por algún motivo positivo, que no por todo lo contrario (hay que buscar el lado bueno de todo! :)
    Un abrazo

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  3. Una medallita por portarse bien tiene que ser lo más, Susana. Suena a colegio de monjas ¿no?. Me alegra que no te la dieran nunca: ¡seguro que te lo pasaste mejor que las enmedalladas!

    Lo pasé muy mal, Anais. Después de tantos años y lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer.

    Gracias a las dos por dedicar unos minutos a mis "oñeradas".
    Un abrazo.

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  4. Hola, Oñera. A mí una vez estuvieron a punto de ponerme en el " cuadro de honor" del colegio, pero al final no pudo ser, menos mal. Me moría de vergüenza, que uno es muy tímido. Espero ya se te haya pasado un poco a tí ese mal rato que pasaste, amigo.
    Un abrazo.
    Beni.

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  5. Lo del diploma dura unos minutos, pero lo del Cuadro de Honor es peor: ¡queda inmortalizado para toda una vida!
    Gracias por la visita, Beni. Un fuerte abrazo.

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  6. Me ha encantado esta estampa, Oñera! Yo soy cubana y alla, por lo menos despuess del 69, no hay curas-profesores pero empollones si que hay, aunque no los llamamos asi. Yo tambien era una asi, aplicadita en clase, pero nunca pase por una experiencia como esta que cuentas.
    Hay mas??
    Abrazo!

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  7. Sí Pelusa, hay muchas más. Todos cargamos con un bagaje de vivencias más o menos interesantes. A mí me gusta recordarlas y, de paso, compartirlas.
    Gracias y un fuerte abrazo.

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