viernes, 4 de febrero de 2011

¡QUÉ POCA VERGÜENZA!


Aunque lo normal en aquellos tiempos era que en cada familia solamente trabajase el padre -el cabeza de familia le decían entonces-, en mi casa también trabajaba mi madre. Así que, dada la laboriosidad de mi progenitores, aquel año me llevó a ver la Cabalgata de Reyes mi abuela.

Recuerdo que, aunque hacía frío y había llovido durante buena parte del día, cuando llegamos ya había mucha gente situada a ambos lados de las calles por las que iba a pasar la comitiva de los Magos. Encontramos un sitio en la esquina de Correos, frente a la fuente luminosa de la Plaza del seis de agosto, cuyos alegres chorros de colores hacían juego con las bombillas festivas que todas la Navidades iluminan la ciudad.

Allí parados parecía que el frío era aún más intenso y, mientras las rodillas se me estaban quedando congeladas, tenía la cabeza ardiendo por culpa de aquel dichoso pasamontañas de lana que picaba una barbaridad (aún no consigo entender aquel afán por abrigar la cabeza a los niños de los años sesenta, y sin embargo llevarnos todo el invierno con pantalones cortísimos). Cuando finalizó el desfile pasamos por delante del Cine Robledo y allí vi el cartel que anunciaba el estreno de la película Por mis pistolas.

-Mira: ¡Una peli de Cantinflas en el oeste!
-¡Anda, anda . . . camina, que está muy frío pa estar parando cada dos por tres!
-De vaqueros y de risa a la vez, ¡qué pasada!
-Anda camina, que otro día te traigo yo al cine pa que la veas.

Y caminé, pero mi abuela no me llevó a ver aquella película ni ninguna otra -no se caracterizaba la vieja por cumplir su palabra precisamente-, así que no se me ocurrió otra cosa que escribir yo mismo la historia. Poco a poco fui discurriendo el planteamiento, nudo y desenlace que dieron forma a mi versión particular de Por mis pistolas, que titulé "Cantinflas en el oeste". Completé aquel guión literario con storyboards de los planos más importantes -en aquel tiempo no sabía que aquellos dibujos se llamaban así, claro-, realicé la localización de exteriores e incluso hice un casting imaginario en el que asigne un papel a cada uno de mis amigos.

Anteriormente había inventado historias en alguna que otra ocasión pero aquella era la primera vez que plasmaba en un papel lo que a priori me había imaginado. Y aunque recuerdo haber disfrutado con la experiencia, la vergüenza me impidió enseñarle a alguien mi obra.

Ahora que permito que todo el mundo vea lo que dibujo y escribo será porque soy un desvergonzado, supongo. Así que prepárense, porque esto tiene toda la pinta de continuar durante mucho tiempo.

Y es que hay que ver . . . ¡qué poca vergüenza!

5 comentarios:

  1. Gracias por compartir tus historias Oñera.
    Así que tengo la sensación de te conozco hace mucho tiempo ..rsrsrs
    El dibujo es fantástico y lleno de humor
    Abrazo

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  2. Un desvergonzado con mucho talento, y que cuenta historias divertidas, simpáticas y que nos gustan mucho.
    un abrazo

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  3. Hola Nil. Esto sólo es un ejercicio de memoria: recordar cual fue la primera vez que escribí una historia. Tras mucho cavilar estoy seguro de que fue "Cantinflas en el oeste"

    Dejémoslo en historias divertidas, Susana (aunque estoy seguro quien más se divierte soy yo escribiéndolas)

    Me alegra que os gusten. Un fuerte abrazo.

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  4. Mejor que ya no te dé vergüenza, así lo puedes compartir con nosotros :)
    Un abrazo

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  5. Ya estoy curado, Anais. Pero de niño la vergüenza me llevó a destruir todo lo que escribía para que no me lo pillasen en casa. ¡Lo que daría ahora por haberlo conservado!
    Un abrazo.

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