domingo, 3 de abril de 2011

HAY QUE TENER VALOR . . .


Hubo un tiempo en el que, en vez de coger el autobús a la salida del colegio, nos dio por ir caminando hasta la parada que había frente a la entrada de la plaza de toros. No recuerdo de quien fue la idea, pero allí nos tenías todas las tardes a Pérez, a Diptongo y a mí calibrándonos la hombría y calculando el nivel de valentía de los otros dos para poder demostrar que el propio era aún mayor.
Perdón por el inciso, pero hasta ahora nunca les hablé de mis colegas ¿verdad?. Pues bien: Pérez era mi mejor amigo, ese camarada inseparable durante toda mi infancia y juventud (en realidad no se apellidaba Pérez, pero alguien dijo una vez que tenía cara de ratón, así que enseguida se le relacionó con el ratoncito y por eso el mote). Diptongo era mi segundo mejor amigo (¡qué facilidad tienen los niños para medir la cantidad de amistad, cariño, afecto y resto de sentimientos que a los adultos nos es imposible calibrar!). Un día en clase, mezclando la lección de lengua con la de geografía, contestó con mucha seguridad que una porción de tierra rodeada de agua por todas partes menos por una era un diptongo, así que se ganó el sobrenombre a pulso. Pero continuemos con lo nuestro . . .
¿Cómo medir quien posee más valor? Fácil: saltamos la verja que rodea la plaza y el último que abandone el recinto cuando embista el toro demuestra que es el más valiente.

Y allí nos tienen un día sí y otro también retando al toro con voces y aspavientos. Y nada, por más que hacíamos el imbécil no aparecía toro ni bóvido astado que se le pareciera (entre otras razones porque no había ninguno, claro)

El que sí aparecía era el bús, y teníamos que saltar raudo hacia afuera para no perderlo. Que a mí un día, con las prisas, se me enganchó el pantalón en el pico de una lanza -probablemente ustedes no lo sepan, claro, pero aquel cierre que rodeaba la plaza constaba de un muro de ladrillo y unas lanzas de hierro forjado apuntando al cielo- y sólo conseguí desprenderme a costa de hacer un siete que abarcaba media culera.

Salté a la acera y pegué el culo al muro como si me fuese la vida en ello. Cuando el autobús se puso en marcha respiré aliviado, mientras mis colegas me observaban con la nariz pegada al cristal de la ventanilla, sin comprender qué estaba ocurriendo.

Ideé un plan para librarme del terrible ridículo que suponía el que alguien me viese los calzoncillos: subiría el último en el próximo autobús y me sentaría en el primer asiento que encontrase libre. ¡Sí señor, es un buen plan!. Pero . . ¿y si no hay ningún asiento vacío? ¿y si hay asiento libre pero se lo tengo que ceder durante el recorrido a una señora embarazada? ¿o a un ciego? ¿o a un anciano o anciana? ¿o a una persona que, a pesar de no pertenecer a la tercera edad, tiene una pierna escayolada? ¿o a una señora que . . .

Cuando llegó el autobús seguí el plan al dedillo. Dejé pasar a las dos o tres personas que hacían cola mientras que, sin despegar en ningún momento el trasero de la pared, trataba de localizar el máximo número posible de asientos vacantes. Al quedar la puerta despejada subí casi de un brinco, enseñé el bono al conductor y me dirigí rápidamente al asiento que previamente había elegido. Ya estaba a medio camino cuando escuché una voz que me dejó paralizado.
-Ay guapín. . . ¡vaya traza de pantalón que llevas!
Todo lo planificado se fue al garete cuando la totalidad de las miradas del pasaje se concentraron en mí. Hubiera preferido que el suelo del autobús se abriese bajo mis pies, pero no hubo suerte. Así que me di la vuelta para conocer a la propietaria de aquella voz tan estridente -y para que los pasajeros que iban en la parte trasera también pudieran verme el culo-, pero era tan corpulenta que me fue imposible verla entera desde tan cerca. Ante la imposibilidad de alejarme para otearla, decidí que debía dirigirle unas palabras de agradecimiento.
-También tu tienes las tetas gordas y yo no te dije nada- pensé mientras le decía: "muchas gracias, es usted muy amable S E Ñ O R A".

10 comentarios:

  1. Que ingenio! es admirable tu habilidad para narrar en tono de humor, por no decir de las imágenes que acompañan. Te felicito y te agradezco que nos regales estas entradas.
    un abrazo

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  2. Genial Oñera, eres genial, y tu relato es fantástico. Pérez, Diptongo y tú...vaya tres, me lo imagino. Estos relatos cortos, de la forma en que los haces, le alegran a uno el día y más una tarde triste de domingo, son como un buen chiste, como la risa plena de un niño. Estás hecho un verdadero artista de la narrativa. Me encanta que de vez en cuando nos regales estas historias tan espléndidamente contadas.
    Un abrazo.

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  3. Gracias a ti, Susana. Por tus amables comentarios y por destinar un poco de tu tiempo a leer mis "oñeradas".

    Gracias Jose Luis. Precisamente hice esta entrada para entretenerme esta tarde de domingo. Si de paso consigo que alguien disfrute un poco leyendo mis historias, el objetivo está más que cumplido.

    Un fuerte abrazo a l@s dos.

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  4. Gracias Susana. ¡Estás en todo!

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  5. ¡Oñera! Muchas felicidades, te deseo lo mejor. Un abrazo fuerte, y por ser hoy, ¡de colores! ;)

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  6. Gracioso relato Oñera, y muchas ¡¡¡Felicidades!!!.

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  7. Gracias Mónica. Sabes que el deseo es recíproco. Y para todos los días del año.

    Gracias Ramón. Si consigo que leyendo el relato alguien pase un rato agradable, me doy por satisfecho.

    Un abrazo a ambos.

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  8. Jajaja! Que trio! Me los imagino!!! Y que buena estampa que nos cuentas... Gracias!

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  9. Me alegra que te guste, Pelusa. Contaré alguna aventura más del mismo trío.
    Un abrazo.

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