domingo, 17 de abril de 2011

LOS DIEZ MANDAMIENTOS


Si me quieres dímelo
y si no vete al carajo
que otras mejores que tú
ya las tuve yo debajo . . .

. . . solían entonar los muchachos mayores del barrio cuando mis amigos y yo aún éramos unos enanos. Cantaban eso y otras muchas cosas -todas ellas ininteligibles para nosotros, claro está- entre risas y comentarios jocosos, mientras los pequeños revoloteábamos a su alrededor intentando entender a qué se debía tanto cachondeo.

Les puedo asegurar que llegué a realizar un profundo análisis de la coplilla en cuestión y maldita la gracia que le encontré. Y si no me creen les ruego que continúen leyendo y verán a qué conclusiones es capaz de llegar un chiquillo de los años sesenta, cuando era tabú todo lo que tenía relación con el sexo. Pongámonos pues manos a la obra, estudiemos la estrofa y veamos cómo los niños de mi generación -y de otras muchas, me temo- íbamos descubriendo, con la calle como única maestra, aquel tema que nos era vedado por nuestros mayores.

"Si me quieres dímelo y si no vete al carajo" dice la primera parte de la copla. ¿Qué será un "carajo"?, me preguntaba. ¿Estará ahí el meollo del asunto?. ¿Habrá que saber ir al "carajo" ese para pasárselo en grande como los mayores?. Sinceramente lo ignoro, pero tengo la impresión de que lo realmente gracioso está al final de la estrofa, de manera que será mejor que continuemos analizando.

"Que otras mejores que tú ya las tuve yo debajo" continúa la canción. ¡Y se descacharraban de risa los jodíos!, mientras que los más pequeños seguíamos en Babia sin enterarnos de nada.

¿Será que carecemos de sentido del humor?. Pues es improbable, amén de estadísticamente harto difícil, dado el alto porcentaje de chiquillos que no encontrábamos sentido a todo aquello. Y a mí, que vivía en el Tercero y a la única que tenía debajo era a la viuda del Segundo, no me parecía que eso fuese motivo para tanto jolgorio.

Así que si no me quieres te puedes ir al "carajo" ese, porque yo tengo debajo a la viuda. Y eso que había permanecido engañado desde tiempo inmemorial, pensando que el hecho de vivir en aquel piso a lo único que me obligaba era a asistir a misa los domingos (ya saben, según los Mandamientos de la Ley de Dios, en el Tercero: "Santificarás las fiestas").

Claro que según mi teoría quien salía perdiendo era el que vivía tres pisos más arriba, porque como todo el mundo sabe en el Sexto: "No cometerás actos impuros". Aunque si le urge la cosa siempre le queda la solución de tirarse a la vecina de abajo. Y el marido a callar y consentir, ¿o ya no recuerdan que en el Quinto: "No matarás"? (digo yo que les haría burla, porque ya me dirán de qué otra manera iba a defender su honra el pobre hombre).

Claro que en mi casa no teníamos ese problema y como al ser un Tercero podíamos matar y cometer actos impuros cuando nos viniera en gana, no nos veíamos obligados a tirarnos a la viuda (¡demos gracias a Dios!).

Que yo recuerde lo único que tiré a la vecina de abajo fue su pajarito (¡ese pájaro no, caramba!: el que tenía en la terraza dentro de una jaula). Aún no sé cómo ocurrió, pero lo cierto es que lo tiré.

Recuerdo que mi padre había instalado en nuestra terraza un artefacto que, con el fácil gesto de pulsar un botón, realizaba la tarea de recoger las cuerdas del tendal. Ni que decir tiene que para mí el mecanismo de aquel artilugio era alta tecnología importada de otra galaxia, así que no se me ocurrió otra cosa que descolgar el cordel desde mi terraza para ver hasta donde llegaba. Cuando comprobé que el cabo quedaba a escasos metros de la acera apreté el botón y el aparato mágico recogió la cuerda a gran velocidad.

¡Qué molada, señores!, ¡lo que voy a presumir cuando lo vean mis amigos!. Pero mejor será que haga otra prueba antes de realizar la primera exhibición con público, pensé a la vez que iba soltando cuerda fachada abajo. Esta vez no comprobé la longitud del cordel -¿para qué?, si ya sabía hasta donde alcanzaba- y pulsé el botón con total confianza. En principio el aparato en cuestión recogió la cuerda con celeridad, pero de repente el hilo se tensó y el artilugio no tuvo fuerza suficiente para seguir jalando de la cuerda.

Me asomé para ver qué había sucedido y comprobé que el cordel, en vez de seguir su lógica trayectoria hacia la calle, se había metido -¡no me pregunten cómo!- en la terraza del Segundo, quedando su cabo enganchado a algo que estaba fuera del alcance de mi vista. Sin pararme a pensarlo tiré de la cuerda, pero no conseguí que se soltara. Jalé de nuevo, esta vez con más fuerza, y el aparato recogió el resto del cordel a la vez que en la terraza de abajo sonaba un estruendo.

Antes de que la viuda saliese alarmada por el ruido pude asomarme unos instantes y ver el suelo de su terraza lleno de agua y alpiste, pero retrocedí en cuanto la oí decir: "¿Qué te pasó, Cuchirritín mío?. ¿Cómo caíste tú?. ¡Ay madre, qué susto tan grande llevaste!".

¿Susto?, sonreí mientras escuchaba a escondidas. Salvaste que esto fue una casualidad, que si lo pudiera repetir cuando quisiera. . . ¡más le valía al Cuchirritín tener el corazón a prueba de infartos!.

Porque . . . ninguno de los Diez Mandamientos prohíbe tirar al suelo jaulas de Cuchirritines, ¿no?. O tal vez sí, no sé . . .

8 comentarios:

  1. Jajjajajaja..muy bueno Oñera
    Yo creo que tú tuviste que ser "buena pieza" de pequeño....ehhhh? :D
    Un abrazo!

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  2. Jajaja! Hoy he soltado la carcajada leyendote, Oñera! Eras un diablillo!... Este... espero que hayas mejorado, no? ;)
    Abrazo!

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  3. No creas Anais: de niño era un "angelito". Gracias por visitarme y entretenerte con mis tonterías.

    Contento de causar risa, Pelusa. Y no, no creas que mejoré mucho (afortunadamente). Gracias por dedicar un poco de tu tiempo en leer mis historias.

    Un fuerte abrazo a las dos.

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  4. Onera, sus historias me divierten demasiado
    principalmente a mostrar la cara ingenua y juguetona de la infancia.
    Gracias amigo.

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  5. Todo obedece a la curiosidad científico-tecnológica que nos provocaba el mundo que nos rodeaba. A eso, y a los inventos del tbo y demás literatura que consumíamos ( capitán trueno, jabato, mortadelo...lo normal)...eres un genio de verdad. Lo de los mandamientos, aunque lo has enfocado en clave de humor, llevas razón. Teniamos una larga lista de actos que estaban prohibidos antes de saber que demonios era eso.
    gracias por estos relatos.
    un abrazo

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  6. Gracias Nil. ¡Que bien que te gusten estas anécdotas de mi infancia!

    Sí Susana, nos prohibían cosas cuando todavía no sabíamos ni que existían. Tengo algo escrito sobre cierta práctica castigada con la ceguera que trata sobre todo aquello (ya lo subiré en el blog). Gracias por el tiempo que dedicas a mis "oñeradas"

    Encantado de veros por aquí. Un fuerte abrazo a l@s dos.

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  7. Oñera, tú me llamas genio por los dibujos pero lo tuyo es doblemente genio: Dibujas bien y esos textos tan sencillos pero tan interesantes que nos cuentas. Lo paso bomba! Son divertidísimos y al mismo tiempo llevan una gran dosis de ternura... Te felicito por hacernos pasar esos momentos tan "tiernos", llenos de vida.
    Un abrazo

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  8. Gracias Joshemari. Disfruto escribiendo estas historias, y si de paso hay quien se divierte leyéndolas pues miel sobre hojuelas.
    Contento de tenerte por aquí. Un fuerte abrazo.

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