domingo, 1 de mayo de 2011

UN CONDÓN USADO



Aquella temporada –no sé si influenciada por el consultorio radiofónico de Elena Francis o siguiendo los consejos de amigas y vecinas– a mi madre le dio por limpiarnos los oídos con una horquilla del pelo. Nos rascaba el tímpano con aquel alambre hasta que no quedaba ni un ápice de cera, sin que a mi hermano ni a mí se nos ocurriese rechistar, ya que de lo contrario no olíamos la calle en unos cuantos días.

Esa vez no protesté demasiado y me permitió salir a jugar. Y menos mal porque, cuando llegué al local de la OJE, Pérez y Diptongo me hicieron una revelación que podía cambiar nuestras vidas.

¡Ah, perdón: que algunos de ustedes no saben qué es la OJE!. Pues bien, según mi libro de FEN (Formación del Espíritu Nacional) de Tercero de Bachillerato, la cosa es que:
Terminada nuestra guerra, el Estado Español se dio cuenta de la necesidad de proporcionar a los jóvenes una educación política adecuada al logro de la unidad y continuidad histórica de nuestra Patria. A esta necesidad respondió la creación de la Organización Juvenil Española.
La OJE es, bajo la tutela y el apoyo de la Delegación Nacional de Juventudes, un movimiento fundado para la hermandad y el entrenamiento de los jóvenes que deseen hacer de su vida un permanente acto de servicio a la justicia, la libertad y la Patria.
Yo, que vivía justo al lado del local de la OJE y que, aquí donde me leen, por aquel tiempo era “flecha”, juro que no había pensado aún hacer de mi vida un permanente acto de nada, ni mucho menos. Hasta donde alcanzo a recordar, la chiquillería del barrio se hizo cliente de tan magna institución tras la resolución de un simple problema aritmético:
Si en el futbolín de cualquier sala de recreativos puedes jugar siete bolas por una peseta y en el de la OJE, por el mismo precio, puedes meter gol hasta nueve veces, ¿dónde interesa gastarse los cuartos?
¡Exactamente amigos y amigas!. Y es más:
Si el encargado anda a uvas y puedes tapar las porterías con las raquetas del ping- pong, jugando por tanto durante un tiempo ilimitado, ¿te iniciarías como “flecha” o seguirías haciendo el imbécil por las salas de recreativos?
Pues aclarado esto –con el único objetivo de refrescar la memoria a unos y poner en situación a los otros– volvamos al instante del encuentro con mis amigos y de aquella trascendental revelación (un flash back, creo que le dicen en el cine a esto)
-Sabemos donde hay un condón.
-¡No fastídies!. ¿Dónde?
-En una obra del Polígono (*)
Sin demora ni perdida de tiempo nos dirigimos a la obra en cuestión. Evidentemente yo nunca había visto un preservativo ni sabía exactamente para qué servía. Mis amigos tampoco, claro. Desconocedor de este último dato disimulé mi incultura condonil y, por miedo al ridículo, evité hacer preguntas sobre el tema, aunque el asunto que nos traíamos entre manos, como todo lo relacionado con el sexo, me seducía especialmente.

Cuando llegamos a nuestro destino seguimos a Diptongo hasta una pila de ladrillos. Pérez me explicó que alguien había usado el condón detrás de la pila y lo había dejado luego allí. Rodeamos los ladrillos y lo encontramos en el suelo, ligeramente retorcido.

Se asemejaba a un trozo de cuerda amarilla con algunos hilos marrones tejidos a su alrededor, los cuales avanzaban longitudinalmente dibujando una espiral. Nos quedamos absortos observándolo, hasta que Diptongo se atrevió a moverlo empujándolo con un palo.
-¿Sabéis porqué se nota que está usado?
-Porque está torcido.
-¡Nasti de plasti!
-Porque está amarillo.
-¡Tampoco!
-Porque tiene un nudo en un extremo.
-¡Menos!
-¿Entonces porqué, tío?
-Pues porque está quemado por este lado- nos aclaró señalando con su palo.
Resulta que no era la primera vez que un servidor veía un preservativo. Es más, les puedo asegurar que a menudo había visto a mi abuelo utilizando uno. Pero ustedes comprenderán que tenía razones más que suficientes para no comentar este hecho a mis amigos, ya que no es plato de gusto que se divulgue por ahí que el padre de mi padre enciende los pitillos con un condón usado.

Claro que él aseguraba convencido que aquello era la mecha de su mechero. ¡Ya saben cómo son los abuelos!
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(*) - Zona de nueva expansión inmobiliaria conocida por los más mayores como el “Polígamo”

10 comentarios:

  1. Vaya, puñetero! Cómo nos acordamos, los que tenemos algunas décadas encima, de aquellas aventurillas que pasábamos los jovencitos en esa época. Los de hoy, cuando les cuento, me dicen que esas historias no son reales y que estoy loco. Más o menos eran todas, bastante parecidas.
    No quieren creer que íbamos casi todos los días a misa (yo iba al colegio de curas), nos confesábamos semanalmente, lo de los primeros viernes de mes, las indulgencias, silencio y recogimiento en Semana Santa, los rosarios en familia, las visitas a los Templos los Jueves Santos, arrodillarnos cuando pasaba el Viático, besar la mano del cura en la calle… etc, etc.
    Nunca llegué a pertenecer a la OJE, porque en mi casa éramos de “otro” pensar... Recuerdo que en cierta ocasión, para cabrear a mi padre, le dije que me iba a hacer falangista y de la enorme bofetada que recibí, se me quitaron las ganas de decir esas cosas a mi padre.
    Sí es cierto que los chavales de la OJE, se paseaban con la cabeza bien alta y alguna envidilla nos daban…
    Te diré que, a pesar de lo que se cuenta de esa época, como una época negra y triste, yo lo pasé muy bien!
    Sigue contándolas que me lo paso bomba!
    Un abrazo.

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  2. En un barrio obrero como el mio, lo de pertenecer a la OJE no era cuestión de si la familia era mas o menos adepta al Régimen. La chavalería paraba por aquel local sin saber exactamente qué era aquello. Para nosotros sólo era un club donde íbamos a jugar. Tampoco recuerdo que nos comieran el tarro como en la iglesia o el colegio.
    Un abrazo Joshemari.

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  3. Tenía encanto descubrir algo relacionado con los temas tabú. Esa inocencia pícara de los chavales; lo cierto es que agudizábamos el ingenio. La imaginación suplía y transformaba muchas situaciones. La sesión continua de cine de los domingos por la tarde ( 2 o incluso 3 películas) hacía el resto.
    Estos relatos, agridulces, geniales, me hacen pasar unos ratos fabulosos. Gracias Oñera.
    un abrazo

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  4. Muy buen relato, Oñera!
    Te comento que lo de limpiar los oidos con el ganchillo era uso frecuente en mi tierra (y lo sigue siendo) por escases o ausencia total de bastoncillos de algodon y de informacion sobre como se deben limpiar esos canales. A lo mejor de alli les venia a tus mayores la idea.
    De la OJE... bueno, nosotros teniamos la OPJM, que era mas o menos lo mismo, pero con obligaciones y sin club de entretenimiento. :(
    Y lo de los condones, jajaja! Me has arrancado otra carcajada. Que muchachos!
    Abrazo!

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  5. Gracias a ti Susana, por dedicar un poco de tu tiempo a leer estas tonterías. Ya te prometí escribir algo sobre aquellos actos pecaminosos de los que no entendíamos nada, y ahora me comprometo a dedicar otra entrada a las sesiones infantiles del cine de mi barrio (dame un poco de tiempo)

    Gracias también Pelusa. Menudo peligro ese sistema de limpieza... ¡fue una suerte que no quedásemos todos sordos! Me gusta que te causen gracia mis historias.

    Un fuerte abrazo a las dos.

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  6. Fué dificil de entender, tuvo que usar el traductor...pero vale la pena!muy buena historia, Oñera!de esa manera voy a aprender español muy rápido. Un abrazo

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  7. Lo tuyo tiene doble mérito Anamaria, así que quedo doblemente agradecido.
    Espero que el esfuerzo mereciese la pena (y si te sirve para aprender algo de mi idioma, pues... ¡estupendo!)
    Un fuerte abrazo.

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  8. Hola, Oñera! jajajajaaja, diossss. Eres tremendo, amigo!! He visto el dibujo del mechero de yesac y después el título. ¿¿¿ Una vez leido el relato me han venido mil recuerdos, que uno es del 57, así que aún viví toda esa época más o menos. Mi abuelo también usaba uno de esos condones usados y lo que es peor, cuando murió me lo quedé yo para encender mis Celtas Cortos( cosa que ya no hago, fumar, digo).
    Lo de la OJE es tal como lo cuentas. Yo no pertencí nunca a ella, pero sí conocía gente que lo era y me aprovechaba. Jugaba al futbolín y sobretodo al ping-pong en el local y en cierto mood me daban envidia cuando se marchaban los veranos a los campamentos, con esos zapatos de suela gorda que me resultaban inaccesibles, como tantas otras cosas en esa época y en una familia de diez hermanos, así que me tocaba siempre mirar. Pero contento, ¿ eh? no me ha quedado ningún trauma... creo.
    Un abrazo, amigo, y gracias por tus relatos y refrescarnos la memoria.

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  9. Antes quise decir de yesca, no de yesac.

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  10. Hola Beni. Nosotros pertenecíamos a la OJE por el mero hecho de que estaba ubicada en el barrio (de haber estado en otro punto de la ciudad, seguro que no la habríamos conocido). Pero éramos usuarios del local, no conozco a nadie que haya asistido a los campamentos (por cierto: campamento el de tu casa... ¡diez hermanos!)
    Gracias por la visita y un fuerte abrazo.

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