viernes, 10 de junio de 2011

DE COMPRAS POR MARRAKECH

Pipa de agua (frasco de perfume, madera y hueso)


Aquella mañana madrugamos con la idea de llegar a Marrakech a la hora de comer. Habíamos pernoctado en un hotel a las afueras de Tineghir, y con las primeras luces del alba ya circulábamos a toda mecha en dirección a Ouarzazate por la carretera que, paralela al río, atraviesa el valle del Dadés. Una vez allí giramos hacia el norte para cruzar el Gran Átlas por la misma ruta que lo habíamos hecho unos días antes en dirección contraria. A la hora prevista llegamos a nuestro destino.

Después de comer un taxi nos dejó en la bulliciosa plaza Djemma el-Fna. Nos dirigimos hacia el centro de aquel gran espacio poligonal caminando entre músicos, sacamuelas, fakires, encantadores de serpientes, bailarines y demás teatro que se forma para deleite de los guiris. Recorrí con la vista el perímetro de la plaza hasta que distinguí el café en el que habíamos estado la semana anterior, lo cual me sirvió para hacer una composición del lugar, aunque de sobra sabía que una vez dentro del conglomerado de callejuelas que forman el zoco –el más grande de Africa, dicen– cualquier orientación anterior de poco iba a servir.

No avanzamos ni veinticinco metros por la calle que habíamos escogido al azar cuando mi mujer se interesó por algo que descubrió entre un montón de trastos, expuestos a la puerta de una pequeña tienda.
–Tú di precio– le dijo el vendedor cuando la vio examinando el producto.
Era una pequeña pipa fabricada con un frasco de perfume francés, el cual hace las veces de depósito de agua. Una pieza artesanal que probablemente es única en el mundo.
–No, el precio dímelo tú. Pero dime un buen precio, porque de lo contrario no te la compro.
–No, tú di precio que quieres pagar.
–Un dirham.
–No . . . ¡tú di precio de verdad!
–No tengo tiempo para regatear. Dime cuanto pides o me voy.
–Ciento cincuenta dirhams.
–Es buen precio, dile a tu mujer que acepte– me dijo por lo bajini el dueño de la tienda de enfrente.
-Lo siento, es muy caro– contestó ella devolviendo la pipa al propietario y prosiguiendo la marcha por aquella callejuela atestada de gente.
–¡Tienes prisa para comprar! ¡Ciento veinte y te la llevas!– gritó persiguiéndonos con la pipa en la mano.
–No vas a conseguir mejor precio, ¡compra ya!– le aconsejó otro individuo que también entró en escena.
–Último precio: ¡cien dirhams!
Negó con la cabeza sin dejar de caminar. El vendedor se dio por vencido abandonando la negociación y regresando a su tienda, de la que ya estábamos bastante alejados.

Varios minutos, calles y tiendas después encontré en un pequeño comercio unas pipas de hueso de dromedario. Escogí la que me pareció mejor trabajada y, tras más de un cuarto de hora de regateo, la compré por la cuarta parte del precio de partida, y aún así estoy seguro de que el vendedor hizo un buen negocio.
–¿Te gustan las pipas?– preguntó cuando se cansó de decirme lo buen regateador que era y el gran chollo que me llevaba.
–¿Tienes alguna más?– repliqué sin demostrar mucho interés.
–Creo que a tu esposa le gusta ésta– dijo mostrándonos la pipa que habíamos intentado comprar una hora antes en otra tienda situada bastante lejos de allí (a pesar de lo difícil que resulta orientarse en un lugar como aquel estoy seguro de ello)
–Es la misma– aseguró mi mujer tras estudiarla en propia mano, y dirigiéndose al vendedor preguntó: ¿cómo llegó hasta aquí?
–¡Tú di precio!– obtuvo por respuesta.
–¿Último precio?. Cincuenta.
–¿Dólares?– preguntó el comerciante con cara de coña.
–No, dirhams– respondió después de reírse.
–¡Tú loca!– le dijo poniéndose el índice en la sien y girándolo rítmicamente hacia delante y hacia atrás.
–Entonces no hay trato.
–Pierdo dinero: ¡setenta y cinco y te la llevas!
–El último precio era cincuenta.
–Sesenta.
-Cincuenta.
–¡Está bien: cincuenta! Pero pierdo dinero con vosotros.
Evidentemente no perdió dinero. Es más: se quedó tan feliz con sus dirhams como yo con las dos nuevas pipas que iban a engrosar mi colección

A lo largo de la tarde también compramos –por el mismo método de los diez minutos de regateo– unas babuchas, una especie de flauta rara, bisutería, varias especias y algún que otro recuerdo del que ya ni me acuerdo (es curioso: ¡recuerdos para no acordarse!). Con la sencilla operación aritmética de multiplicar cada compra por el tiempo dedicado a cada transacción, es fácil imaginar que una tarde de tiendas por el zoco de Marrakech no da para mucho más.


Pipa de hueso de dromedario

5 comentarios:

  1. Es curioso eso del regateo. No me imagino como sera en paises arabes... En Mex los indigenas bajan los precios si les regateas, pero solo hasta un punto establecido por todos los vendedores, ni un centimo menos. En Japon no se regatea. Alli puedes estar seguro de que te cobran un precio justo por casi todo.
    Muy interesante tu historia!
    Un abrazo!

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  2. Todo un arte, eso del regateo.
    Es una pipa preciosa.
    un abrazo

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  3. Hola Pelusa. Recuerdo que en Méjico sabías de antemano qué porcentaje iban a bajar, pero en Marruecos no hay ninguna norma establecida para regatear, una veces rebajan mucho el precio y otras no tanto.

    Sí Susana, el regateo es un arte que ellos dominan. Estoy convencido de que siempre venden al precio que quieren. En cuanto al frasco de perfume reclicado en pipa, es una de mis 20 o 30 preferidas.

    Un abrazo a las dos.

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  4. Hola Oñera,
    Creo que hizo buenas compras!
    Me parece que el regateo es una tradición para todos los comerciantes en el mondo árabe. Aquí donde vivo tenemos muchos descendientes de árabes y dicen que les gusta negociar con calma, de lo contrario no es divertido!
    Me gustó el post, un abrazo

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  5. Sí Anamaría: les gusta negociar con mucha calma, para desesperación de mi mujer que quería haber realizado muchas más compras.
    Gracias y un abrazo.

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