miércoles, 1 de junio de 2011

EL MISTERIOSO CASO DE LOS BALONES ASESINADOS



Jugando al fútbol en el colegio, durante la media hora de recreo, a menudo enviábamos la pelota al patio de un edificio contiguo pasándolo por encima de la tapia y, casi al instante, nos la devolvían completamente rajada. Era una situación que se repetía una y otra vez : tirábamos el esférico al patio del vecino, y éste nos lo rebotaba inutilizado para el juego.

Pareciéndonos tales hechos injustos y considerándolos como una ofensa personal, Diptongo y yo decidimos enterarnos de quien era el culpable de tamaña felonía –no recuerdo si Pérez estaba con la varicela o prefirió quedarse cambiando sus cromos repes de la liga de aquel año, pero el caso es que no colaboró en la investigación– y, tras dar una vuelta a la manzana, llegamos a la conclusión de que el maldito patio pertenecía a la papelería que había justo al lado del colegio.

Se acercaba la Navidad y el mencionado comercio adornó su escaparate pegando en las lunas unas cintas de espumillón plateado de las cuales colgaban las típicas bolas navideñas, que a su vez se apoyaban en el interior del cristal. Llevábamos días cavilando como vengarnos del “rompebalones” y discurrimos que si golpeábamos la parte exterior de la luna en el punto justo donde apoyaba la bola, ésta se separaría del cristal estrellándose contra el mismo en su retorno y quedando hecha añicos por el impacto.

A todos nos pareció una idea estupenda pero . . . ¿quién pondría el cascabel al gato?. Lo echamos a suertes por el estúpido método de ir señalándonos uno a uno a la par que cantábamos aquello de “en un café se rifa un gato, siempre toca al número cuatro”.

Le tocó a Pérez y al día siguiente, después de numerosas protestas por su parte en lo que se refiere al desarrollo de la rifa del dichoso gato, no le quedó mas remedio que cumplir con su obligación. Aún no eran la nueve de la mañana y la papelería estaba cerrada, así que no acechaba ningún peligro desde su interior. Los demás esperamos en la acera de enfrente y vimos como se acercó decidido, miró a ambos lados y golpeó con la palma de la mano en el cristal del escaparate. Corrimos hasta en interior del colegio y, una vez allí, nos miramos con complicidad sin mediar ni media palabra. El plan resultó perfecto: la bola se había roto en mil pedazos.

Al día siguiente no dejamos ni una bola sin destrozar, y cuando el “rajapelotas” las repuso se las volvimos a romper. Pero pasó la Navidad y, cuando volvimos de las vacaciones, ya no había adornos navideños tras los cristales, así que tuvimos que descubrir nuevos métodos para poder continuar con nuestra revancha.

Nuestro enemigo el papelero solía trabajar en la trastienda, de manera que cuando entraba un cliente la puerta accionaba un timbre que lo ponía sobre aviso y venía a atender el mostrador. Se nos ocurrió entonces que si empujábamos la puerta desde el exterior, el timbre sonaría y el tipo tendría que interrumpir su trabajo para venir a despachar, encontrándose con que no había nadie en la tienda.

Era un plan de facilísima ejecución y enseguida lo pusimos en funcionamiento, convirtiéndose pronto en un gesto cotidiano. Cada vez que uno de nosotros pasaba por delante de la papelería abría la puerta y corría hasta la esquina o hasta el patio del colegio, dependiendo si era a la hora de entrada o de salida de las clases. Realizábamos la operación varias veces al día y cuando el papelero se asomaba lo único que veía era a un montón de chiquillos que iban o venían del colegio.

Como no nos costaba ningún trabajo y era prácticamente imposible que nos descubrieran, repetimos la misma maniobra durante casi un trimestre, hasta que un día realizaron unas obras y derribaron el muro que nos separaba del patio del “destrozaesféricos”. ¡Cuál sería nuestra sorpresa al descubrir que no pertenecía a la librería, sino a otra casa de daba a la calle de atrás!
–¡Mierda Oñera!. Dijiste que era el patio de la papelería.
–¿Quién yo?. De eso nada: lo dijo Diptongo, chaval.
–No te enrolles Charlesboyes, que tu también lo dijiste.
Nos sentíamos culpables de las perrerías con que habíamos castigado al papelero sin que el pobre hombre tuviese culpa de nada, así que Pérez propuso que podíamos ir a explicarle que había sido un malentendido y pedirle perdón. Aprobada la propuesta por unanimidad solo quedaba por decidir quién hablaría en nombre del grupo. En esta ocasión lo echamos a “pies” y le tocó a Diptongo (sin duda recuerdan ustedes ese procedimiento que consiste en avanzar los contrincantes uno frente a otro como si en vez de hacerlo sobre el suelo caminaran por un cable y finalmente, cuando se encuentran, quien monta e introduce su pie en el hueco que queda es el ganador)

Tras desestimar las protestas y reclamaciones del perdedor nos dirigimos nerviosos a la papelería. Abrimos la puerta y sonó el timbre, pero esta vez cuando salió el papelero no se encontró con la tienda vacía, sino con varios chiquillos muy serios (éramos cinco o seis, aunque deberíamos haber sido más, ya que el tema de la destrucción de balones afectaba casi a la totalidad del alumnado). Uno de ellos se adelantó un poco y, con un hilo de voz, le relató los hechos que ustedes ya conocen.

El hombre se armó de paciencia y escuchó la historia con aire solemne. Cuando Diptongo dio por concluido su testimonio, el papelero nos regaló un bolígrafo a cada uno y, a la par que movía la cabeza hacía los lados, nos despidió diciendo:
–No me lo van a creer, chavales. Cuando lo cuente en el bar . . . ¡no me lo van a creer!

7 comentarios:

  1. Jajaja... de nuevo me has hecho reir, amigo Oñera, con tu talentoso y entrañable relato (podrías escribir algún librito, de verdad!)...

    Aprovecho para comentarte que "abrir campo" tampoco a mí me parece nada fácil, pero que has salido bien airoso, pues hay una gama común de calidez en la acuarela que ni siquiera rompe del todo el frío del cielo, por como le has aplicado el color.

    Y del naguile, ni te cuento... es una chulada y un precioso trabajo de equipo!!!

    A ver si me pongo al día en visitaros, que cuando tengo cursos, me desmarco!...

    Un abrazote!

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  2. Vaya piezas!
    Travesuras relatadas de forma magistral.
    un abrazo

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  3. Lo de escribir libros ya son palabras mayores, Joy.
    En cuanto a la acuarela, creo que a mis últimos trabajos les falta algo, es como si me perdiese a medio trabajo (lo seguiré intentando)
    El narguile sí que es chulo, gracias a la colaboración de dos grandes artistas.

    Unos angelitos éramos, Susana. Y para colmo el asesino de balones siguió actuando con total impunidad.

    Gracias por vuestros comentarios y un fuerte abrazo a las dos.

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  4. Oñera de nuevo me has regalado un ratito muy agradable! Los leo con mucho interés porque esas historias, tienen ese sabor de "antes", que los que somos de aquella época las vivimos con mucha intensidad, porque no existían teles, ni ordenadores y ni siquiera teléfono. La tele, los que la tenían, era en blanco y negro y una sola cadena. Son encantadores tus relatos, especialmente contadas de esa manera que cuentas tú.
    Un abrazo.

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  5. Si con mis historias consigo que pases un buen rato ya me considero recompensado, Joshemari.
    Cuando ocurrió esto que cuento ya había televisión en muchos hogares españoles (calculo que sería el año 1970), teléfono en algunos, pero los ordenadores...¡eran ciencia ficción!
    Un abrazo amigo.

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  6. Jajaja! De estos relatos siempre me llevo una gran sonrisa, Oñera! Pobre papelero!

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  7. Si estos relatos consiguen hacer sonreir al lector, la misión está cumplida.
    Un abrazo Pelusa.

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