jueves, 16 de junio de 2011

EXTRAÑA INVIDENCIA


Los sacerdotes del colegio nos lo repetían hasta la saciedad: “quien cometa actos impuros quedará ciego”.

Personalmente me encontraba libre de pecado en lo que a una futura perdida de visión se refiere, ya que desconocía la manera de cometer los mencionados actos. Trataba de imaginar innumerables pecados cuya práctica pudiera conducir a la ceguera, pero sólo se me ocurrían formas de pecar públicamente y en grupo. Sin embargo la cosa tenía que ser íntima y en solitario según el cura de religión, que poco a poco fue cerrando el círculo de posibilidades con sus sermones hasta centrarse en un solo acto contra la Ley Divina: “Quien se masturbe será castigado con la invidencia”.

Una vez conocida la causa que provocaba la ceguera, solamente tenía que consultar en el diccionario y por fin me enteraría de qué iba todo aquello. Dicho y hecho, busqué la palabra “masturbar” y lo más parecido que encontré fue:
MASTUERZO. m. fig. Majadero.
Vocablo colocado por los autores en lugar de la palabra buscada y que define perfectamente al buscador. ¿Pero a quién se le ocurre indagar en un diccionario de aquella época con ánimo de encontrar semejante término?.

No nos quedó por tanto otro remedio que preguntar a los compañeros de cursos superiores, los cuales, entre risas y comentarios jocosos, indicaron varios sinónimos de “masturbar” que por fin nos aclararon el significado de la dichosa palabra.

La verdad es que, a pesar de la importancia que le daban los curas al asunto, me pareció raro que eso de palparse la pilila se lo tomase Dios como una ofensa personal. Tampoco encontré relación alguna entre aquel apéndice que se usaba para hacer pis y el sentido de la vista. No obstante sólo me la tocaba cuando iba a mear (por si acaso, ya saben)

Por supuesto que de aquellos sermones algo siempre queda y aunque hoy sé que la ceguera es una discapacidad física debida a causas que nada tienen que ver con lo que nos contaban los curas, en aquellos días comencé a mirar a los ciegos con cierto recelo.

No comprendía, por ejemplo, porqué aquella señora que tan piadosa y buena cristiana parecía, le compraba un cupón a aquel invidente a sabiendas de que era un pajillero de marca mayor. O el caballero del traje gris, que acepta cambiar aquel número premiado con el reintegro por un cupón para hoy. Pero hombre de Dios, ¿no se da cuenta usted que esa mano con que le entrega el cupón es probablemente la misma que utiliza para la masturbación?

¡Y anda que no había ciegos ni nada, que durante una buena temporada me fijé yo y los vi por todas partes!. Hasta en la puerta de las iglesias los tengo visto ofreciendo sus cupones, que no entiendo como el párroco –o los mismos coadjutores, pongo por caso– permiten que semejantes individuos se acerquen a la casa del Señor.

Recuerdo un día que íbamos Pérez y yo en el autobús, en uno de aquellos asientos con forma de banco en el que se sentaban tres personas de espaldas a la ventanilla, y justo a mi lado se acomodó un cuponero. Yo intenté separarme de aquel pecador cuanto pude claro, pero Pérez me lo impedía golpeándome con su pierna porque lo esta echando del banco.
–¿Sabes leer chavalín?
–Sí señor.
–Pues nada, vas a ir diciéndome en qué número acaban estos cupones.
¡Qué remedio!. El ciego iba pasando aquellas hojas y yo cantando la terminación (como los niños de San Ildefonso, pero sin ser Navidad ni nada). Supongo que lo que pretendía era memorizar los números para facilitar su busqueda a la hora de la venta, pero aquel día no sé como se arreglaría porque no le canté ni uno bien. Me enseñaba una hoja con cupones que acababan en siete y yo le decía que en tres, ante el estupor de Pérez que me observaba alucinado. Si la siguiente hoja terminaba en ocho, pues le decía que en cuatro, y así sucesivamente.
–Pero tío . . . ¿qué hiciste?– me interrogó Pérez cuando bajamos del bus.
–Decirle todos los números al revés.
–Ya lo vi joer, ¿pero porqué?
–Porque si quería saber en qué acaban los cupones . . . ¡que no se la hubiese meneado tanto, el muy jodío!
_________________________________

Nota del autor – Quién esté libre de dioptrías . . . ¡que tire la primera piedra!

6 comentarios:

  1. Menuda pieza debías ser. Me río mucho con estos relatos, Oñera. Gracias
    un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Gracias a ti Susana, por el seguimiento de todos mis posts y por tus comentarios.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Oñera!!!! jajaaja, eres tremendo, amigo. Tus historias son reales como la vida misma, chico!! yo, la verdad, es que llevo gafas de cerca, y también de lejos, pero.... muy poquitas dispotrías, que uno era( y es) muy buen chico, espero no quedarme ciego.
    Un abrazo, amigo.
    Beni.
    Jajajajaja, tremendo el tío.

    ResponderEliminar
  4. ¡Ufff! ¿Gafas de cerca y también de lejos? No sé qué pensar, amigo mío.
    Gracias por dedicar unos minutos a la lectura de mis tonterías, Beni.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Le conte esta historia a mi esposo hace unos dias (porque la lei hace ya rato pero no pude comentarte) y nos hemos reido un mundo!
    A mi, mis padres me decian que no debia reirme de los defectos ajenos porque luego con el tiempo yo tambien los tendria, como castigo. La enseñanza tuvo su efecto traumatico en mi!
    Abrazo!

    ResponderEliminar
  6. Pues me alegra que os guste esta pequeña historia, Pelusa. Y si consigue provocar la sonrisa en algún lector...¡fantástico!
    Un abrazo.

    ResponderEliminar