domingo, 17 de julio de 2011

TANTOR EL AGRIO


Había un chófer de autobús que hacía la vida imposible a los chiquillos. No nos permitía viajar sentados, ni hablar, ni mucho menos comer golosinas (especialmente pipas, que otros conductores nos dejaban siempre que no tirásemos los cascos al suelo).

Pero no crean que teníamos nosotros la exclusiva, les puedo asegurar que el tipo tenía problemas con muchos de los usuarios de su autobús. Supongo que por eso algunos viajeros le pusieron de sobrenombre El Agrio, aunque nosotros, como tenía las orejas grandes y prominentes, le apodamos Tantor (como el elefante amigo de Tarzán en los tebeos de la época)

Llegada una edad en la que Pérez, Diptongo y yo nos considerábamos mayores para sufrir tal atropello –diez u once años debíamos tener ya– decidimos comenzar a defendernos. Y como la mejor defensa es un buen ataque, lo primero que se nos ocurrió fue poner en práctica aquello del ojo por ojo: Tantor nos fastidia a nosotros, pues . . . ¡nosotros fastidiamos a Tantor!

Después de mucho discurrir llevamos a la práctica el siguiente plan: todas las tardes, al finalizar las clases, nos íbamos a una parada en la que casi nunca había nadie esperando el autobús. Cuando el transporte público llegaba, si el que conducía era otro nos subíamos y en paz. Pero si era Tantor lo dejábamos parar, que abriese las puertas y después nos quedábamos en la acera sin acceder al vehículo. El Agrio nos daba cuatro voces y después arrancaba echando sapos por la boca. Claro que nuestra felicidad duró poco, porque la segunda vez que lo intentamos el autobús no se paró y nos dejó allí con un palmo de narices.

Maquinamos entonces una nueva idea: guardaríamos todos los cascos de las pipas que comiésemos y, cuando nos tocara en suerte Tantor por conductor, los tiraríamos disimuladamente en el suelo de su autobús. Así lo hicimos y les puedo asegurar que en más de una ocasión dejamos aquello hecho un asco.

Envalentonados al comprobar que habíamos vencido en una batalla, nos propusimos ganar también la guerra. Decidimos entonces que la próxima vez que viajásemos con Tantor lo haríamos sentados.

Cuándo llegó el gran día ejecutamos el nuevo plan tal como lo habíamos concebido: accedimos al interior del vehículo y nos sentamos en tres asientos que se encontraban libres en la parte central. El Agrio se percató enseguida y ordenó que nos levantásemos, pero no movimos ni un músculo. La tensión se respiraba en el ambiente. Podría contarles que éramos unos tipos con los nervios de acero que teníamos la situación controlada, pero lo cierto es que yo estaba cagado de miedo (segundos antes de subir al bus propuse abortar el plan, no les digo más). Viendo que hacíamos caso omiso, el chófer amenazó con no reanudar la marcha hasta que se cumpliera su orden. Algunos pasajeros comenzaron a protestar, pero ni el conductor movió el autobús ni nosotros alzamos nuestras posaderas.

Transcurridos unos minutos que se hicieron eternos, uno de los obreros de la construcción –con los que solíamos coincidir en el viaje de regreso a casa– se levantó en la parte trasera del vehículo y comenzó a avanzar por el pasillo. Era grande y peludo como un oso y pensamos que venía a levantarnos de un manotazo, pero pasó de largo sin dirigirnos siquiera una mirada. Una vez en la parte delantera, cogió al chófer por el pecho y lo alzó como si fuera un pelele.
–Mira chaval: o arrancas ahora mismo o tragas el volante, ¿entendido?
El oso abrió su manaza y Tantor cayó sobre su asiento quedándose inmóvil, como si no creyese lo que le estaba ocurriendo.
–¡Que arranques, hostia!
Como si de un autómata se tratara metió la primera marcha y el autobús comenzó a avanzar.
-¡Y a partir de ahora dejas a los chavales en paz si no quieres vértelas conmigo!
El plantígrado volvió a su sitio sin que el conductor se atreviera siquiera a rechistar. Nosotros respiramos tranquilos al ver el cariz que habían tomado los acontecimientos y desde aquel día viajamos sentados siempre.

¡Siempre que coincidíamos con los albañiles, me refiero!

6 comentarios:

  1. Menuda panda...lo pasábais bomba. De todas formas, en aquella época estaba bien visto que se chillara a los chavales, que se les ridiculizara o que se les propinaran collejas/cachetes/alpargatazos sonoros preventivos ..cómo hemos cambiado.
    Lo de poner motes....es todo un arte.
    como siempre, estos relatos me divierten mucho.
    un abrazo

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  2. Sí Susana. Afortunadamente el trato de la sociedad hacia los niños cambió radicalmente.
    Contento de que te diviertan estas historias.
    Un abrazo.

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  3. Hola, Oñera!!¡¡ Pero qué cantidad de anécdotas tienes para contar!! imagino cuando llegues a mayor, lo de las batallitas se te quedará corto, jajaja. Me gustan estas hazañas del trío, Diptongo tiene nombre de líder. :-)
    Pobre El Agrio, me imagino que al final se lo merecía, por antipático, pero un poco de penilla, ¿ no? bueeeeno, no, no he dicho nada!!
    Ahhhh, he estado visitando el blog de los faros que me pasaste. Es realmente bueno, estoy disfrutando mucho con él. Gracias por pasarme el enlace.
    Un abrazo, amigo.
    Beni.

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  4. Todos tenemos muchas vivencias para contar, Beni. Sólo hay que aderezarlas un poco a la hora de relatarlas.
    Gracias por dedicar un poco de tu tiempo a estas tonterías.
    Un abrazo.

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  5. Menudo trio de "calaveras" estabais hechos!!! Y cómo sabes enderezar las historias! Eres un fenómeno!
    Me gusta leerlas porque me llevan a otra época, que a mi me gustaba!
    No son tonterías Oñera, todo aquello que hace pasar un momento agradable a los demás, no son nunca tonterías. Además seguro que a tí tambien te alegran la vida contándonoslos.
    Tienes nietos? Pues esas historias son mucho más interesantes que lo que oyen hoy día y les encantarán. Claro, es que debo ser un niño...
    Un abrazo.

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  6. Sí Joshemari, me lo paso bien escribiendo estos relatos. Y si además sirven para que los demás pasen un buen rato, pues estupendo.
    En cuanto a los nietos, si algún día los tengo seguro que me llamarán Abuelo Cebolleta (por lo de las batallitas)
    Un abrazo.

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