lunes, 1 de agosto de 2011

CINE PUMARÍN


Existían en mi barrio varios lugares en los que se solía entretener la chiquillería: el local de la OJE, alguna que otra sala de recreativos, el ascensor del edificio de los veinte pisos y poco más. Pero un domingo a las tres de la tarde todos esos sitios quedaban desiertos porque esa era la hora de la sesión infantil en el Cine Pumarín.

Recuerdo que hacíamos cola en una puerta lateral de la sala y que pagábamos directamente al portero, sin pasar previamente por taquilla (un duro abajo y tres pesetas en gallinero). Una vez dentro corríamos para conseguir varios asientos seguidos donde poder sentarnos juntos los amigos, para después hacer el gamberro durante la proyección del NODO hasta que el acomodador se mosqueaba, y no quedaba entonces más remedio que formalizar porque el segundo aviso significaba la expulsión de la sala. Que yo recuerde a nosotros no nos echaron nunca, exceptuando aquella vez que a Pérez se le ocurrió ponerse de pie sobre su asiento y realizar su imitación de Franco inaugurando un pantano.

En el descanso que había tras el NODO te gastabas en el ambigú la última peseta que te quedaba y que habías reservado para tal fin, y después silencio total en la sala porque comenzaba la película.

Normalmente era del oeste y cuando, poco antes del final, llegaba el protagonista acompañado del Séptimo de Caballería (¿quién no recuerda aquel toque de corneta? ¿eh, quién?) y salvaba a los buenos del ataque de los indios, aquello era el acabose. La chiquillería en pleno gritaba un ¡bieeen! y acompañaba el galope de los soldados azules levantando el polvo de la moqueta con un tremendo pataleo, y hasta yo dejaba de mordisquearme las uñas para aplaudir.

De entre todas las pelis de vaqueros las que más me gustaban eran las protagonizadas por Lleins Estiguar –el tipo que más rápido desenfundaba en todo el Far Gües, creánme– o Alan Laz –capaz de ganar todas las peleas a puñetazos celebradas al sur del Río Pecos sin despeinarse siquiera–. Y si es posible en color, que para blanco y negro ya teníamos las que ponían en la tele.

Pero parece que los pieles rojas no conocían a estos dos y seguían erre que erre atacando a los rostros pálidos haciendo círculos a su alrededor, que si el vaquero falla el disparo y el indio no cae del caballo, no pasa nada: ¡ya le acertará a la siguiente vuelta!

Claro que no todo eran güesters en el cine de mi barrio. También echaban películas de romanos. Pero esas a mí me gustaban menos porque siempre salía algún león que se merendaba un par de cristianos y claro, estudiando en un colegio religioso, comprenderán que me daba como un no sé qué.

Otras historias que también ponían mucho y que tenían mucha aceptación entre los infantes eran las de Tarzán. Pero no las de un hombre mono cualquiera, que el Pumarín era un cine de categoría, sino las del auténtico Lloni Vismuler y su compañera Mauren Osulivan (la chica con menos ropa que pasó por aquella pantalla).

Por si no están enterados les diré que a Tarzán lo obedecían todos los animales de la selva, y al que no se lo cargaba a cuchilladas y en paz, que había un león bizco muy rebelde y lo mataba una vez por película como mínimo.

Un día, supongo que por error, programaron una peli más reciente que las demás titulada El planeta de los simios, y salimos del cine alucinados con aquella historia de monos inteligentes y parlanchines.
-¿Viste cuando el gorila disparó y . . .
-Sí tío, y cuando el mono aquel pelirrojo dijo que . . .
-¡Hostí, y cuando aterrizó la nave en aquel . . .
-¿Qué pasa Diptongo? ¿No te gustó que no dices ná?
-Sí me gustó, sí. ¡Sobre todo la actriz que hace de novia del prota!
Nos encogimos de hombros mirándonos extrañados, mientras Diptongo buscaba algo en el cartel de la película.
-¡Linda Járrison, se llama!
-¿Eh?
-¡Es guapísima! ¿No lo veis?
-¿...?
-Miradla tíos: ¡es perfecta!
-Vaaale, pero venga . . . ¡vamos a jugar!
Y nos fuimos todos menos Diptongo, que prefirió quedarse pensando en sus cosas sin saber que, en la carrera hacia la pubertad, nos sacaba un par de vueltas de ventaja al resto de los muchachos de su edad.
-Yo hago de Charlon Geston.
-¡Y una mierda! ¡Tu ya fuiste la semana pasada Randol Escot!
-¡No irás a comparar!
-Pues lo echamos a suertes.
Y así lo hicimos. Y me tocó hacer de gorila. Pero de gorila corriente y moliente . . . ¡ni siquiera de jefe de los simios!

5 comentarios:

  1. Eres la repera, Oñera!!!!
    Qué bien relatas esas anécdotas, que los que tenemos algunos añitos hemos vivido!!!
    Cuando los leo parace que los estoy viviendo todavía.
    Una cosa, creo que en la peli de "murieron con las botas puestas"...ganaron los indios! No?
    Sigue...sigue...
    Un abrazo.

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  2. Eres buenísimo. Que ingenio!
    Yo recuerdo 24 horas de Le Mans, El submarino amarillo, Odisea en el espacio, Los diez Mandamientos. En sesión continua, a razón de dos películas por turno, y si hacía mucho frío, se repetía y ya está.
    Gracias por estos relatos
    un abrazo

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  3. Seguiré Joshemari. Me alegra que te gusten mis historias.
    Efectivamente: en esa peli ganaron los pieles rojas. Se ve que a Errol Flin no se le daba bien eso del tiro al indio.

    Hosa Susana. ¡Si yo te contara la cantidad de títulos que recuerdo haber visto en aquella época!. Sin embargo no recuerdo programas dobles, ni en sesión continua.
    Contento de que te guste el relato, y más en el día de tu cumpleaños (¡felicidades!)

    Un abrazo a amb@s.

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  4. ¿Y "El Maño"? ¿Cómo no hables de "El Maño"? Antes de ir al cine íbamos allí aunque no nos dejaran los padres, por aquello de les males compañíes.

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  5. Pues sí: antes del cine pasábamos por "El Maño" a jugar al futbolín o a les máquines de petacos.
    En cuanto a les males companíes, ya lo diz Sabina: ¡son les mejores!

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