martes, 6 de septiembre de 2011

¡¡PORRAS!!


El terreno tenía caída hacia el lado contrario al gua y volvía a ascender justo donde estaba situada la bola de mi contrincante, con el consabido peligro de que mi canica y la suya quedasen juntas si no conseguía impactar con la fuerza suficiente, lo que permitiría que rodasen a la par buscando el sitio más favorable (cualquier jugador de canicas sabe que si dos bolas quedan en contacto entre sí –porras llamábamos nosotros a esa situación– pierde quién realizó la última jugada).

“¿Valen porras?” pregunté por si pillaba a Pérez desprevenido, pero ante su rotunda negativa no me quedó más remedio que medir sobre el suelo dos palmos para acercar lo más posible mi canica a la suya y apuntar con el mayor tino posible.

“¡No se vale manga!” advirtió mi rival en cuanto se percató de que adelantaba mi mano derecha más de lo permitido por las reglas del juego. Haciendo caso omiso disparé con fuerza mi canica preferida –era de cristal transparente, con una mancha amarilla y gris en su interior que se asemejaba a un pájaro–, la cual salió rodando en busca de su objetivo casi a la vez que Diptongo se acercaba vociferando que en el cine del barrio iban a poner una peli de Marilyn.

Corrimos a mirar las carteleras y allí estaba esperándonos, con su célebre vestido blanco de vaporosa tela al viento, permitiendo sin ningún tipo de falso pudor que admirásemos sus piernas de perfecto torneado. Coqueteando con su mirada de ingenua y su sonrisa carnosa. Inclinándose hacia delante, como si el vestido fuese de cuello alto en vez de tremendamente escotado, dejándonos siempre con la sensación de que sus pechos iban a salirse de un momento a otro. No, no cayó esa breva (o, para ser más exactos, ese par de brevas). A pesar de que sabíamos que sólo eran fotografías, a todos –sí a todos, estoy seguro de ello– nos apetecía tocarla o, no sé, acariciarla quizá.

Siempre sensual, sus primeros planos –primerísimos diría yo, de esos que no consiguen encuadrar el rostro completo– te dejan anonadado ante tal belleza. Los planos largos, en cambio, te permiten escudriñar al milímetro su escultural figura. Aquel día, el día que conocimos a Marilyn Monroe –o al menos el día que comenzamos a mirarla de aquella manera– todos los muchachos del barrio nos enamoramos de ella.

Sí, ya sé que no es el tipo de mujer que a nuestras madres les gustaría tener como nuera. Sin embargo estoy seguro de que cualquiera de nosotros hubiese entregado su bolsa de canicas, sus mejores chapas enchapadas –tenía yo una de Mirinda, con la foto de El Tarangu dentro, que cuando se deslizaba casi no tocaba la acera– e incluso su colección de tebeos de El Capitán Trueno por haber estado un instante a su lado. Más aún: aquel día habríamos regalado la totalidad de nuestros juguetes sólo por haber visto aquella película. Y es que, aunque el cartel del film aseguraba que La tentación vive arriba, lo que a nosotros nos tentaba eran las fotos que veíamos en el interior de aquellas vitrinas que colgaban de la fachada del cine.

Y no quieran saber lo que éramos capaces de imaginar que podía ocurrir en la pantalla de aquella sala. Aunque lo cierto es que fue el Metro de New York, al pasar por aquella esquina de Manhattan, quien levantó la falda a Marilyn para deleite de varias generaciones.

¿Habrá algún insensato –me pregunto– que aún tenga dudas sobre la conveniencia del tren suburbano en la villa de Gijón?

Por cierto: aquel día las bolas quedaron en porras y perdí mi canica preferida –la que tenía dentro un pajarito amarillo y gris, ¿recuerdan?– pero me importó un bledo. Después de conocer a Marilyn uno ya se sentía mayor para jugar al gua y demás tonterías. A partir de aquel día los muchachos de la pandilla comenzamos a mirar a las chicas de otra manera, a fumar Celtas a escondidas y a medir quién era el que meaba más lejos. Emprendimos, en suma, ese largo camino que conduce a la madurez, ya me entienden.
Adiós infancia. Bienvenida Marilyn, Norma Jean, pubertad . . .

6 comentarios:

  1. Estupendo relato Oñera, y ¡como no! el Celtas a escondidas y en un cine. Un saludo

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  2. Eres buenísimo, de verdad. Imagino que no podemos evitar ser hijos de un tiempo, en un país donde se llegaba a la madurez casi sin pasar por la adolescencia, y haciendo poco ruido ( no estaba el horno para bollos).
    gracias por estos relatos
    un abrazo

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  3. Íbamos a lo barato, Juan Carlos: 3 Celtas por una peseta. Aunque pronto preferimos degustar los Ducados a peseta la unidad.

    En realidad la adolescencia duraba poco, Susana. Concretamente a los chavales se nos acababa cuando nos íbamos a la mili. Aunque este relato (y alguno más que publicaré) pertenecen a ese periodo que ahora llaman preadolescencia (antes se le decía la edad del pavo)

    Gracias a l@s dos. Un abrazo.

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  4. Nada más comenzar a leer me vino a la mente la imagen de mi hermano con sus pantalones cortos, pese a que ya estaba crecidito, jugando a las canicas con sus amigos en aquella calle empedrada... Con mis cinco años, yo les seguía como un pequeño perro lazarillo a todas partes...y ellos hacían como que no me veían, pero acudían raudos a consolarme cuando tropezaba.
    Gracias, Oñera...

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  5. ¡Qué divertido! A mi no me dejaban jugar por ser chica. No lo entendía.
    Esa artista, buena o no, era guapa, la destruyó su inocencia con ayuda de otros más poderosos, que son las máquinas destructoras. Usar y tirar. No tuvo ni un amigo.

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  6. Me gusta que mis relatos provoquen en el lector alguna reacción, Margarita. Si por un momento conseguí que regresaras a la infancia, me doy por satisfecho. Gracias por pasar por aquí.

    Gracias M. Antònia. Qué cosas: ¡antes los juegos estaban estrictamente separados por sexos!.
    En cuanto a Marilyn, yo creo que fue mejor actriz que muchas de las estrellas que pasaron a la historia como grandes artistas.

    Un abrazo a ambas.

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