lunes, 3 de octubre de 2011

ACUSE DE RECIBO



Estaba jugando a las damas en la salita con mi hermano –a pesar de ser más pequeño siempre me ganaba, el jodío– cuando me llamó mi padre desde la cocina.
–Mañana vas a llevar ese sobre a Correos y lo certificas con acuse de recibo.
–¿Eeh?
–Sí hombre: certificar con acuse de recibo. Ya saben en la ventanilla lo que es.
–¡Aah!
–De todas maneras te lo voy a apuntar para que no se te olvide.
–No hace falta que ya me acuerdo: certificar con acuse de recibo.
–Eso es, pero voy a dejártelo apuntado por si las moscas.
Al día siguiente, cuando llegué a la cocina para desayunar, lo primero que vi fue el dichoso sobre, acompañado de un papel donde figuraba aquella frase en letras mayúsculas.
–Pero si está chupao: certificar con acuse de recibo –me dije por lo bajini– ¡como para no acordarse!
Una vez desayunado, duchado y vestido pasé a hacer el recuento diario de granos frente al espejo, meticuloso procedimiento que requería un minucioso análisis de prolongada duración.
–¡Mierda, me salió otro en la frente!. ¡Hay que tener mala suerte, que así lleno de granos no va a haber quien ligue!. Y encima esta porquería de pelusa que me sale por la barbilla, mecagon la . . .
Tras el cabreo ante el espejo de las lamentaciones aún quedaba lo peor: ¡la operación peinado!. Es sabido que ni los más acreditados expertos han podido explicar porqué a ningún individuo de catorce años se le colocan los cabellos donde él desea cuando se peina, llegando a alargarse el cepillado de una cabeza adolescente una verdadera eternidad.

Una vez situados los pelos lo más cerca posible de lo que para mí sería su perfecta ubicación y compadeciéndome de mí mismo por el nacimiento del nuevo grano, tomé el sobre y me dirigí a la parada de autobús que había cerca de casa. Cuando vi que el mencionado transporte se acercaba, dejé por un momento de pensar en mis terribles problemas –tanto en los de alteración del acné como en los de estilismo capilar propiamente dicho– y me percaté de que no recordaba lo que tenía que decir al empleado de Correos. Traté de hacer memoria para poder subir en aquel autobús pero sin resultado alguno, hasta que de pronto me acordé:
–¡Acusar con certificado recibido!
Mientras tanto comenzaban a subir al bus las personas que había en la parada.
–¡No hombre, así no era!. A que tengo que volver a casa a mirarlo . . . Piensa un poco y verás cómo te sale . . .
El último de la cola ya había subido al bus y pagaba el billete al conductor.
–Ya lo tengo: ¡recibir con acusación certificada!
El autobús cerró sus puertas y reinició la marcha cuando las circunstancias del tráfico se lo permitieron, dejándome allí con cara de idiota.

Volví a casa con la intención de coger aquel papel en el que mi padre había anotado la dichosa frase, pero no lo hice. Lo que hice fue memorizar bien aquellas cinco palabras, y para asegurar que no se me olvidaban fui repitiéndolas mentalmente por el camino hasta la parada del bus.
Certificar-con-acuse-de-recibo.
Caminaba unos cuantos pasos y volvía a repetir la frase mecánicamente.
Certificar-con-acuse-de-recibo.
Llegué a la parada y repetí de nuevo para mí mismo:
Certificar-con-acuse-de-recibo.
Así estuve un buen rato esperando y repitiendo la frasecita, y cuando por fin subí al autobús, posé el sobre encima de la máquina que tienen los conductores para cobrar y le dije al chófer alto y claro:
–¡Certificar con acuse de recibo!
Casi no había terminado de pronunciar la fatídica frase y ya me di cuenta de la metedura de pata que acababa de cometer. El conductor me miró solemnemente, y reprimiendo la risa me replicó con mucha sorna:
–Muy bien chavalín. Y cuando llegues a Correos qué vas a hacer . . . ¿pagar el billete de autobús?
Imagínense la escena: cachondeo general entre los pasajeros y todas las miradas centradas en mi humilde persona.

¡Y yo con estos pelos!

¡¡¡Y CON ESTOS GRANOS!!!

4 comentarios:

  1. Mi padre solía mandarme al entonces Banco Hispano. Fuese a lo que fuese, siempre había algún impreso que rellenar, y por supuesto, mi padre, al contrario que el tuyo, no me daba pista alguna, confiando en mis capacidades, y supongo que intentando que yo venciera mi timidez. Con lo que no contaba era con que aquel hombre de la ventanilla, cuya ineptitud, prepotencia en el trato y amargura vital, siempre me ponía en evidencia delante del resto de clientes aprovechándose de mi juventud y sentido del respeto al adulto. Yo, avergonzada, nunca contaba nada en casa. Eso fue hasta que un día, en plena operación "destruyamos la moral de esta niña", se presentó mi padre en el banco, y se encontró con la escenita. La que se armó fue de órdago. Los habituales de la fila,también callados sufridores de aquel individuo, hasta aplaudieron. Aquel héroe, mi padre, lo puso en su sitio, y desde entonces, ir al banco dejó de ser una tortura: se convirtió en mi dulce y callada venganza... Uups, me he enrollado. Lo cierto es que visto con la distancia que le confieren años, una sonríe con ternura ante aquellos "trágicos" problemas de nuestra adolescencia...
    Abrazotes...

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  2. Tíos cafres siempre hubo, hay y habrá, Margarita. Aunque es cierto que antes los infantes y adolescentes no eran muy respetados precisamente.
    Un abrazo.

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  3. Un poco sí que cambiamos, Susana: ¡Yo ya no tengo problemas de peinado ni acné juvenil!
    Un abrazo.

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