miércoles, 2 de noviembre de 2011

LA SANGRE ALTERA (LA PRIMAVERA)


Quedaba poco más de un mes para que terminara el curso, así que ya teníamos a la vuelta de la esquina los temidos exámenes finales. Estudiábamos Cuarto de Bachillerato, un curso importante ya que era el último que íbamos a hacer en el colegio, antes de comenzar el siguiente en el instituto. Naturalmente los estudiantes siempre quieren aprobar, pero en este caso el deseo era mayor ya que nadie quería quedar en el colegio repitiendo y ver como los demás se iban con el título de Bachiller Elemental bajo el brazo.

Por si esto fuera poco todo el mundo te presionaba recordándote que tenías que estudiar: tus padres, sus amigos, los profesores y hasta Rita la Cantaora se inmiscuía en tus asuntos y sentía de pronto el deber de aconsejarte que hincaras los codos, que ya quedaba poco y que después todo el verano por delante para disfrutar.

Pero tú de estudiar mas bien poco, la verdad. Corría el mes de mayo –el mes de las flores se le llamaba antes (de las flores a María, claro)– y el sol lucía en todo su esplendor (antes las primaveras eran tal y como las describían los libros de texto de los parvulitos, no como ahora que la cosa meteorológica anda un poco revuelta), y lo que menos apetecía a uno era ponerse a empollar Geografía, Aritmética o Historia de España y Universal.

El sol brillaba, decía, y de las estanterías de las fruterías iban desapareciendo las naranjas y demás frutos propios del invierno, para dejar sitio a los primeros albaricoques, fresas y melocotones, aunque a precios aún desorbitados al ser los primeros de la temporada. De los escaparates de las mercerías iban retirando los anuncios de “Se cogen puntos a las medias” porque las mujeres ya iban en “pierna” e incluso, las más modernas y atrevidas, con zapatos abiertos tipo Topolino. Los días más calurosos los caballeros ya vestían los veraniegos pantalones “mil rayas” y calzaban zapatos de rejilla.

Probablemente, si nada es esto hubiera ocurrido, los estudiantes de Cuarto tampoco habríamos estudiado, pero no se me puede reprochar no haber buscado unas disculpas harto románticas. Y eso que todavía no les hablé de las chicas, esa rara especie de la naturaleza que pocas fechas atrás nos hubiese importado un bledo que se extinguiera de la faz de la tierra (siempre nos habían parecido bobas, ridículas, cretinas, tontas . . .) y sin embargo ahora nos traían por la calle de la amargura.

Recuerdo como tonteábamos mientras aquellas tres chicas nos miraban entre risitas y comentarios. Estuvimos así varias semanas, nosotros haciendo el idiota y ellas riendo sin quitarnos ojo, hasta que un día Diptongo, harto de disculpas y disertaciones, decidió que había llegado el momento de pasar a la acción. Pérez y yo alegamos mil y una razones que aconsejaban dejarlo para mejor ocasión, hasta que en un momento de la conversación nos espetó: “porque . . . ¿los tenemos bien puestos o no los tenemos bien puestos?”. Y resultó que los debíamos tener colocados de maravilla, porque de aquella misma tarde no pasó y concertamos una cita para el domingo siguiente.

Tras siete días decidiendo cual iba a ser nuestra forma de comportarnos y qué tipo de ropa era conveniente vestir en una primera cita, nos presentamos a la hora convenida luciendo nuestras mejores galas y la mejor de nuestras sonrisas. Pero resultó que a aquellas tres lo único que parecía importarles era la profesión de nuestros padres. Una de ellas presumía de que su progenitor era médico, otra que abogado y a la tercera –aquella morena de pelo corto que tenía un aire a lo Sirley McLain– no se le ocurrió otra cosa que decir que su papá era el propietario del Cine Fac.

Nosotros sabíamos, como el resto de habitantes de Gijón, que el Fac pertenecía a los curas de la Parroquia de San José. Así que, ante tal muestra de pijerío, no nos quedó más remedio que salir por pies.

Ya ven, nuestra primera aproximación al sexo opuesto y la cosa no había salido precisamente como lo habíamos imaginado, lo cual no es óbice para que lo volviéramos a intentar en ocasiones venideras. ¡Y con más ahínco si cabe!

Eso sí, a la morenita de nariz respingona –si quieren que sea sincero era la que más me gustaba de las tres– le quedó de por vida el sobrenombre de “la hija del cura”.

3 comentarios:

  1. Tendrías que recopilar estas historias en un libro, son divertidas, con ese puntito de melancolía que las hace encantadoras.
    un abrazo

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  2. Estoy de acuerdo con Susana, Oñera. Tu manera de contar tiene el equilibrio justo. El recuerdo con un punto de humor, con una pizca de ternura, a veces de melancolía, nos hace empatizar con tus vivencias, porque de alguna manera tus vivencias nos llevan a las nuestras. Si te decides, por supuesto, el libro tendría que ir acompañado de tus ilustraciones.

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  3. Hola Susana. Tengo muchas de estas pequeñas historias escritas, que poco a poco voy subiendo al blog (por si a alguien interesa leerlas)

    Me alegra que mis vivencias sirvan para destapar el baúl de los recuerdos, Margarita. Seguiré relatando alguna ocurrencia más.

    Gracias a las dos. Un abrazo.

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