lunes, 5 de diciembre de 2011

ABUELITA DISNEY


La conocía porque a lo largo de mi vida –corta vida, ya que debía tener trece o catorce años– había visto en numerosas ocasiones como daba de comer a las palomas en la entonces Plaza del Alférez Provisional (hoy Campinos de Begoña, aunque para los gijoneses siempre fue y será la Plaza de los Patos). También la conocían las palomas, ya que cuando la veían aparecer se formaba una nube de aves a su alrededor que sólo desaparecía cuando se agotaban las migas de pan con que las alimentaba.
Era una anciana de pelo blanco y ojos inmensamente claros que se desplazaba siempre lentamente, demostrando con su parsimonia que las prisas del resto del mundo no le afectaban en absoluto. Una de esas personas que, con su sola presencia, parece que transmite serenidad a los demás mortales.
También escribía versos -decían que era poetisa, aunque lo cierto es que nunca llegué a leer ninguna de sus rimas- y viendo la dulzura y cariño con que hablaba a las palomas les juro que parecía una abuelita sacada de una película de la factoría Disney.
Una tarde de fin de semana que me encontraba sólo, vaya usted a saber porqué razón, acudí al pase de las cinco y cuarto del Cine Albéniz. La sesión era numerada así que, tras buscar la localidad que indicaba mi entrada, me instalé en la butaca a esperar tranquilamente el comienzo de la proyección. Imagínense mi sorpresa cuando instantes más tarde el acomodador señaló con su linterna el asiento contiguo al mío, indicando a la encantadora anciana que ocupase esa localidad. No crean que exagero si les digo que me sentía importante sentado junto a aquella señora que emanaba tanda bondad. Yo, alguien insignificante, viendo la misma película que la amiga de las palomas -símbolo inequívoco de la paz- y compartiendo posabrazos con persona de tanta sensibilidad y tan basta cultura.
La anciana comenzó a quitarse la chaqueta y pronto mis sentimientos hacia ella cambiaron por completo. Lo que emanaba de los sobacos de la vieja no era precisamente bondad, sino un tufo a rancio que me dejó noqueado a los pocos segundos. Pronto de sus pies llegaron hasta mi nariz efluvios que eran símbolo inequívoco de que no los había lavado desde hacía mucho tiempo. Me sentí mareado mientras el Generalísimo Franco inauguraba un pantano en el NODO, y cuando la turista un millón de no sé qué año recogía su ramo de flores y comenzaba a bajar por la escalerilla del avión yo me fui al servicio a respirar.
No es que el water del Albéniz oliera a rosas precisamente, pero pónganse en mi lugar: ¡cualquier cosa era mejor que aquello!. Creo que si llego a permanecer en mi butaca por más tiempo habría muerto por asfixia antes de que finalizase la proyección.
Cuando sonó el timbre anunciando el comienzo de la película aún esperé unos instantes para regresar a la sala. Amparándome en la oscuridad me senté en el primer asiento que encontré libre -alejado de la vieja, claro- a tiempo para leer en la pantalla Directed by . . ., eso que siempre figura en los films de Hollywood al finalizar los créditos, justo antes del comienzo de la trama.
No tengo pruebas al respecto pero estoy seguro de que, cuando aquella tarde acabó la película, se tuvieron que pulverizar en el Albéniz varios botes de ambientador para eliminar el tufillo que la vieja había repartido generosamente por la sala.
Aunque parezca incríble, algunos años después se llegaron a estrenar películas con olor. Con la entrada entregaban unos pequeños cartones aromatizados que el público debía oler en determinadas escenas. El sistema fue un fracaso, ya que los aromas se mezclaban de tal manera que el ambiente en la sala se volvía irrespirable.
Aún así jamás veo una película Disney si antes no me permiten olfatear a la abuelita. ¡No vaya a ser que se convierta en la vieja bruja del cuento!

5 comentarios:

  1. Qué bueno, Oñera. No sé si esto lo contaste en casa, porque si yo a mi madre le cuento algo así, me hubiera hecho revisión completa, de esas "del por si acaso"... por si acaso aquella mujer tenía piojos, por si acaso tenía chinches...etc, etc, y jabón en mano me hubiera desollado con el estropajo (de aquellos que se hacían con cuerda de cáñamo, que parecían madejas, y cómo exfoliaban los condenaosss, jiiii)en una ardua campaña de prevención y sanidad, jeje...

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  2. Yo también la conocí . Y lo de los versos es cierto , la pedias unas rimas sobre tu persona o cualquier otro tema y te las decia rapidísimamente sin tituvear, eso sí,a cambio de unos dinerillos que según creo era de lo que vivía.
    Un abrazo amigo Oñera

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  3. En plena edad del pavo uno no contaba nada en casa, Margarita. Como bien dices "por si acaso".

    Recuerdo vagamente que escribía versos, Eusebio. Pero no sabía que lo hacía en vivo y en directo.

    Gracias por vuestros comentarios. Abrazos.

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  4. Pobre señora...
    Estos relatos tuyos son fantásticos, Oñera
    un abrazo

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  5. Gracias Susana. Sólo son recuerdos de vivencias pasadas. Eso sí: aderezados con un poco de humor.
    Un abrazo.

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