lunes, 13 de agosto de 2012

UN DÍA PARA RECORDAR QUE PREFERIRÍA OLVIDAR ( I )




“Tengo un piso libre para mañana” me espetó Diptongo en cuanto me vio, justo una semana después de la fatídica tarde de la quema del colchón. A mí me entró el pánico, qué quieren que les diga. Creía que algo no iba a salir bien y un sudor frío me recorría la espalda sólo de pensarlo. Después trataba de tranquilizarme, porque pensándolo bien ¿qué es lo que puede salir mal?  Apenas nada:

1 –  Podemos quemar el piso.
2 –  O lo podemos inundar. ¿Porqué no?
3 – Suponiendo que no ocurra ningún desastre en el inmueble tendré que desnudar a mi pareja, y para eso hay que quitarle el sostén.
4 – No lo conseguiré  –¡maldito broche de mierda!–  y quedaré en el más absoluto ridículo.
5 -  Pero . . . ¿y si lo logro?  ¡Pues entonces peor!  Porque no tengo muy claro si sabré llevar a la práctica la teoría aprendida de forma clandestina en las calles del barrio, para qué les voy a engañar.
6 -  ¡Mamá tengo miedo!

Estaba ensimismado, sopesando todas las posibilidades, cuando mi amigo me devolvió a la realidad:

–Parece que no te alegras mucho . . .
–¿Para mañana domingo?
–Sí señor. El piso todo el día para nosotros.
–Joer tío . . . ¡eres un fenómeno!

El piso era de una tía suya, que lo compartía con su hija (prima de Diptongo), su yerno y sus dos nietas. Nos lo dejaban libre, obviamente de manera involuntaria, porque ese día se iba de boda toda la familia. Naturalmente Diptongo no poseía la llave, pero en cambio lo tenía todo estudiado: pasaría por la mañana a saludarlos  –lo que no debería levantar sospechas, ya que era uno de esos chavalillos amables que acostumbra visitar a la familia con asiduidad–  y aprovecharía la ocasión para dejar abierta una ventana que comunicaba la escalera con el hall.

Quedamos las mismas parejas de quinceañeros que la semana anterior. Así, con aparente naturalidad. Como si  fuese de lo más normal que unos  mocosos pasen la tarde encamados. Claro que la procesión iba por dentro, porque estoy seguro que mis colegas estaban tan nerviosos cómo yo, aunque los tres preferíamos interpretar el papel del lanzado del grupo.

Lo de las chicas resulta aún más difícil de entender. Está claro que tenían la misma curiosidad que nosotros  –y el mismo derecho, por supuesto–  por conocer y explorar el sexo contrario, pero no me negarán que ellas sí que echaban valor al asunto. Por un lado tenían que superar ese miedo a lo desconocido  –nosotros también, evidentemente–  y por otro cargar con el sambenito que la sociedad les iba a colgar si aquella aventura se llega a conocer. Y en eso sí que los chicos teníamos ventaja, ya que en aquellos tiempos del macho ibérico quedábamos como héroes cuando nuestros asuntos de cama salían a la luz.

El caso es que aún no eran las cinco y media de la tarde cuando me encontraba en la tétrica escalera de aquel vetusto edificio, aupando a Diptongo hasta la altura de aquel ventanuco, el cual cedió tras un leve empujón para que éste pudiese entrar a abrirme la puerta. Después hicimos desde el ventanal del salón la señal previamente concertada y Pérez y las chicas accedieron a la vivienda sin dificultad alguna.

Era un piso antiguo, de techos muy altos y con un pasillo larguísimo. A la entrada se encontraban el salón, la cocina y el baño. Al fondo estaban los dormitorios del matrimonio y las niñas, que ocupamos Diptongo y yo respectivamente. Y en el pasillo, a mitad de camino entre las dos zonas de la casa, la habitación de la vieja, que le tocó en suerte a Pérez.

Lo primero que hice cuando me encontré a solas con mi chica fue dejar la estancia totalmente a oscuras, supongo que para evitar que aquellos tipos que poblaban las paredes  –entre ellos algunos conocidos como el Oso Yogui, Snoopy o Nancy, la muñeca de moda–  observaran nuestros escarceos amorosos. En lo que respecta al combate cuerpo a cuerpo entre el broche del sujetador y un servidor, les diré que al termino del primer round el sostén ganaba a los puntos  –acabábamos de empezar y ya había encajado un directo en la autoestima y un par de ganchos en el pundonor–  cuando de pronto se abrió la puerta de súbito y apareció la silueta de Pérez.

Comencé a dedicarle mi retahíla de exabruptos reservada para las situaciones especiales, pero me ordenó callar utilizando la mímica, a la vez que cerraba la puerta del cuarto con mucho cuidado.

–Hay una vieja en la cocina– dijo al fin en voz muy baja.
–¡Venga ya, no me jod . . .

Me ordenó callar gesticulando ostentosamente, y tras tomar un poco de aire continuó hablando con el rostro tan desencajado que no tuve más remedio que creerle.

–¡Que es verdad coño! ¡Acaba de llegar y está ahí en la cocina!
–¿Será la tía de Diptongo?
–¡Yo qué sé! ¿Y ahora que hacemos?
–Voy a avisarlo. Tú vuelve a la habitación. ¡Y no hagáis ruido!
Evidentemente esto no es una serie de televisión. Pero si lo fuera, el director mantendría un plano fijo de la puerta del dormitorio vista desde el interior del mismo. Aprovecharía después el momento en que los dos chavales cierran la puerta tras abandonar el cuarto para fundir a negro y colocar en letras blancas el cartelito de

CONTINUARÁ

6 comentarios:

  1. Bueno, bueno, que ...suspense..! Gracias de nuevo por tu relato y prontito el siguiente capitulo, por favor. Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy pronto el desenlace, Eva. Ya lo tengo cocinado, solo falta meterlo en el horno y gratinar.
      Gracias. Un abrazo.

      Eliminar
  2. Gracias Oñera por hacerme reir. También espero el desenlace... ya me tienen nerviosa ese chico tan manazas y esa chica que no colabora. Suerte que los años, además de cosas non gratas, traen experiencia.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a ti por leerme, Teresa. Espero que en el desenlace haya más risas.
      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Chiquillo, me tienes en un ayyyy. Y entre todo este trajín, mi mente de ama de casa -escrupulosa y ordenada hasta colmar (según los míos)-, entre todo este trajín vuestro, a la par de la tensa situación se pone a pensar: Ay dios, qué repelús ponerme al asunto en cama -y sábanas- ajena, y, por otro, más repelús aún de pensar en que me acostara en mi camita sin saber que en mis sábanas yacen -argggg- fluídos desconocidos cuya presencia, además, ignoro... Mi santo, que lee -tu entrada y mi comment- y rie por encima de mi hombro, acota: "De eso nada, anda que no ibas tú a notar que esa cama no estaba hecha según tus preceptos"... (Todo esto con un acentillo acusador sobre mi "Ley y orden"....) Ainss.
    Pues nada, a ver en qué queda esto. Me dejas, nos dejas, con la risilla en suspenso...

    Abrazotes



















    Abrazotes

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No recuerdo bien esa parte de la historia, Margarita. Creo que no nos metíamos en el sobre, sólo apartábamos la colcha.
      Muy pronto el desenlace, para rematar esas risas (espero)
      Un abrazo.

      Eliminar