lunes, 20 de agosto de 2012

UN DÍA PARA RECORDAR QUE PREFERIRÍA OLVIDAR (y II)


Ya sé que debería comenzar esta segunda parte del relato con indicaciones sobre donde se podría ubicar la cámara, en el caso de que esto fuese una serie de televisión. Pero es que, tras descubrir que hay alguien más en la casa, la trama quedó en un punto tan interesante  –espero que a ustedes también se lo parezca–  que prefiero pasar directamente a la acción sin más demora. Supongamos, por ejemplo, que un travelling de seguimiento me antecede por el pasillo hasta llegar al dormitorio en el que están Diptongo y su chica.

Salí del cuarto sin pensarlo y en calzoncillos  –un slip verde botella, creo recordar –  y entré en el cuarto contiguo de repente, como lo había hecho Pérez en el mío.

–¡Pero donde va este cabr . . .
–Sssssss . . . ¡Calla la boca!  –dije cortando su frase sin dejar de vigilar el pasillo a través del minúsculo espacio que para tal fin había dejado entre el marco y la puerta.– ¡Acaba de llegar una vieja!
–¡Joooder, mi tía!  –exclamó saltando de la cama como impulsado por un resorte.– ¿Y ahora qué hacemos?

No tuvimos tiempo para pensarlo porque la tía de Diptongo avanzaba por el pasillo acercándose peligrosamente.

–¡Sal y párala, que no vea a las chicas!  –fue lo único que se me ocurrió decir.

Y se fue en calzoncillos al encuentro de la hermana de su madre en el preciso momento que la señora, supongo que atraída por el ruido, iba a entrar en el cuarto donde se encontraban Pérez y su pareja.

–¡Tíiia!  –gritó  mientras avanzaba con los brazos abiertos, ocupando de esa manera el pasillo a lo ancho, casi de pared a pared.

La pobre señora quedó paralizada al verlo aparecer de súbito y de aquella guisa. Él la abrazó como si hubiesen pasado años desde la última vez que se vieron, sin dejar de repetir “¡Tíiia, tíiia!”. La vieja, lógicamente, exigió explicaciones y a su sobrino no se le ocurrió otra cosa que poner cara de cordero degollado  –posiblemente el primer cordero que a lo algo de la historia fue decapitado luciendo un slip color azul cielo–  e inventar una historia sobre la marcha.

-Nada tía: que bebimos. Y me pareció que mejor que andar por la calle borrachos era venir a dormir aquí la cogorza. ¡Pero no digas nada a mi madre, eh!
-¿Bebisteis? ¿Quiénes bebisteis?
-Un amigo y yo, tía  –miró  hacia atrás e hizo gestos con la mano para que me acercase.

No me podía vestir porque mi ropa estaba en el otro cuarto, así que cuando salí a presentarme ante la tía de Diptongo aquel pasillo se convirtió en un desfile de ropa interior masculina (no sé si los colores de los calzones serían novedad aquella temporada, pero estoy seguro de que los cuerpos de los modelos dejaban bastante que desear)

La señora prefirió no seguir indagando y nos mandó vestirnos mientras preparaba algo para merendar (lo bueno que tienen las tías y abuelas de la gente de mi generación es que solucionan cualquier situación con una merienda). Regresamos a los dormitorios y pensamos en un plan de escape: dejaríamos todo como lo habíamos encontrado y después Diptongo y yo entretendríamos a la vieja mientras Pérez y las chicas abandonaban el piso sigilosamente.

–Pero bueno, hijos . . . ¿cómo se os ocurre beber?  –preguntó  la buena señora mientras calentaba un cazo con leche en la cocinilla de gas.
–No sé . . .  Queríamos probarlo. ¿No dirás nada a mi madre, eh tía?  –sondeó Diptongo sin recuperar aún su expresión normal.
–¡Tomar, comer algo! ¡Ay!, esta juventud . . . ¡no sé donde vamos a llegar!

A la par que la señora ponía sobre la mesa dos tazas de Cola-Cao y una caja de galletas surtidas  –de esas que siempre se agotan primero las que vienen envueltas en un papelito, ya saben–  sentimos cómo se cerraba la puerta de la entrada, lo cual nos tranquilizó de tal manera que aprovechamos para merendar plácidamente. Y es que está demostrado que a los quince años éramos incapaces, por más que lo intentásemos, de desacatar el Sexto Mandamiento  –el que trata de la fornicación y todo eso, ¿recuerdan?–  pero aún así jamás perdíamos el apetito (como prueba baste decir que de las galletas del papelito no le dejamos ni una a la vieja)

Al día siguiente pasé por casa de Diptongo a ver cómo estaba la cosa, no fuese que su tía se hubiese ido de la lengua. Bueno, a decir verdad no llegué a pasar, porque mi amigo estaba esperando en el balcón y me indicó mediante gestos que no subiese y esperase a la vuelta de la esquina. Aguardé diez minutos que se me hicieron eternos, hasta que lo vi aparecer con un semblante que indicaba preocupación.

–Joer tío, tuve que vaciarlos en el fregadero para que me dejasen bajar a la tienda–  dijo mostrándome los dos sifones que llevaba en las manos.
–¿Estás castigado? ¿Se chivó tu tía?
–¡Le faltó tiempo, chaval! Y lo peor es que ahora piensan que somos maricas.
–¿Maricas? ¿Maricas porqué?
–Porque mi tía nos vio salir en calzoncillos de una habitación a oscuras y en la que sólo hay una cama. ¿Tú que habrías pensado?
–¿Y no les dijiste la verdad?
–¡Pues claro! Les dije que estábamos con unas chavalas, pero no me creyeron.
–¿Y ahora qué hacemos?
–Puedes subir a explicárselo a mi madre, a ver si a ti te cree.
–¿De qué vas, tío? ¡No subo ni de coña! ¡Pero si piensa que soy su futuro yerno!

A modo de resolución la cámara capta la calle en un plano general. Estética de mediados de los setenta. Unos chiquillos que juegan al futbol en mitad de la calzada se apartan para dejar pasar a un taxi (un Seat 124 negro, con una franja longitudinal de color verde a cada lado). Los dos “protas” se van alejando poco a poco, con esos andares que les había enseñado James Dean. Mientras, el espectador ya intuye que van a aparecer en el centro de la pantalla esas tres letras que componen la palabra

F I N

6 comentarios:

  1. Querido amigo, me resisto a pensar que este es el final. Pero que pasa con las chicas... Por cierto el dibujo me encanta. Cuando te plantees publicar algun libro de estos relatos avisame para ser la primera en comprarlo. Un abrazo

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    1. Es el final de esta historia, Eva. Siempre queda algo más que relatar.
      Encantado de que te gusten mis relatos.
      Lo del libro, con una recopilación, no sería mala idea.
      Un abrazo.

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  2. Ja, ja... Desde luego qué desgraciaditos...porque en esos momentos, entre saberse la verdad, y ser tomados por homosexuales, aunque el castigo os hubiera caído igualmente, media el abismo entre el triunfo social -la risilla de satisfacción de vuestros próceres: "ese es mi niño, vaya machote...etc..." y el fracaso más absoluto...
    Ahora, me surge la duda de cómo volvísteis a la normalidad social, o sea, vuetra reintegración en la normalidad de entonces...si finalmente hubo un día en el que triunfásteis en la cosa sexual... Vamos, que me quedo con ganas de más.
    Por otra parte, me gusta mucho ese plano del final...me lo imagino en colores quebrados, con el ambiente, con la atmósfera, con la melancolía de un día gris y húmedo.

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    1. Fue el hermano mayor de Diptongo quien se engargó de que se supiera toda la verdad, Margarita. Para defender el "honor" de su hermano, ya sabes.
      La mayoría de mis recuerdos pertenecen a días húmedos y grises. Es lo que tiene vivir en el norte.
      Feliz de que, como lectora, quedes con ganas de más.
      Un abrazo.

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  3. No puede ser el final. Nos dejas con la miel y la sonrisa en la boca. Lo cuentas de una manera tan genial, que es como si os estuviese viendo.
    Me pregunto, después de tanto intento "fallido", ¿las chicas siguieron con vosotros?, ¿tomaron ellas la iniciativa?. En fin que no nos puedes dejar así, a medias, que viene a ser como os quedabais vosotros.
    Los dibujos son tiernos, de verdad.

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    1. Con la miel en los labios quedamos nosotros, Teresa. La sonrisa llegó con el tiempo, que es sabio y todo lo cura.
      Esto ocurrió a mediados de los setenta, así que ya imaginarás que hasta la actualidad hay más tonterías para relatar.
      Un abrazo.

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