lunes, 8 de julio de 2013

LA CHICA DE LA CRUZ ROJA



Con la idea de evitar irse a la mili —aquel deber que antaño teníamos todos los españoles varones de servir a la Patria y perder año y medio de nuestras vidas cumpliendo el Servicio Militar— algunos de mis amigos se alistaron como voluntarios en la Cruz Roja, firmando un contrato que les obligaba a realizar esporádicas guardias en la sede de dicha institución, así como a ejercer de sanitarios en puestos de carretera y eventos deportivos durante los fines de semana.

También realizaban servicios para tan magna institución jóvenes féminas, las cuales, en la mayoría de los casos, estaban preciosas con sus uniformes de color azul marino tipo azafata de Iberia. En su caso no conozco a ciencia cierta los motivos que las movían a alistarse, aunque creo recordar que ganaban puntos para acceder a futuras oposiciones del Estado.

Cierta tarde me encontraba charlando con un colega que estaba de guardia en la puerta del cuartel que la Cruz Roja tenía en una céntrica calle de la ciudad, cuando vi acercarse a un grupo que regresaba de realizar un servicio en algún acontecimiento deportivo. La verdad es que en ellos no me fijé mucho —seguro que con aquel uniforme tenían la misma pinta de garrulos que Manolo Gómez Bur en Tres de la Cruz Roja—, pero a ellas sí que las miré concienzudamente, sobre todo a aquella morenaza que se acercaba quitándose el gorrito de barco y soltando la melena al viento (les juro que con el traje-chaqueta azul estaba más buena que Conchita Velasco en Las chicas de la Cruz Roja, por increíble que pueda parecer)

Convencí a mi amigo para que me la presentara —por aquellas fechas él bebía los vientos por otra, de lo contrario jamás me hubiese facilitado la labor— y quedé en esperarla mientras se cambiaba de ropa. Una operación perfecta: ¡menos de cinco minutos y ya tenía a aquel bombón en el bote!

Esperé charlando con mi amigo —más bien presumiendo, para qué les voy a engañar— hasta que la vi bajar por aquellas escaleras, y entonces se me cayeron los cataplines al suelo. Sí, sí, como lo leen: ¡al suelo! (y sí, también como lo leen: ¡los cataplines!)

Supongo que la tía seguiría teniendo el mismo tipazo que minutos antes, pero no lo podría asegurar porque en lo único que me fijé es en la cantidad de mierda que llevaba encima. Vestía una blusa que cuando salió de fábrica seguro que había sido de color rosa, pero que ahora tenía un tono indeterminado y estaba adornada con un par de lamparones —¿de grasa?— a la altura de la teta izquierda. Llevaba unos vaqueros, ajustados eso sí, de esos a los que la mugre va comiendo el color azul, tornándolos hacia una tonalidad que más bien tiende a confundirse con la gama de los marrones. El jersey que tenía anudado a la cintura estaba repleto de esas bolitas que salen en las prendas tras innumerables lavados (no me explico por qué salieron en este caso, ya que viendo el resto de la indumentaria estoy seguro de que dicha prenda desconocía lo que era esa sensación de dar vueltas dentro de una lavadora)

¿Y los zapatos? Los zapatos eran… Bueno, permítanme ustedes que me abstenga de comentar el estado del calzado de la mencionada señorita.

Así las cosas comprenderán que, a pesar de lo buenísima que estaba la condenada, me inventase una excusa para no acompañarla aquella tarde —ni ninguna otra, por supuesto— y me fuese de allí como quien huye de la peste.

Pasé después por dos o tres garitos de moda con la esperanza de encontrar al resto de la pandilla, pero está visto que no era mi día de suerte. Opté entonces por ir a ver una película. Miré las carteleras de varias salas del centro de la ciudad  —affiches llaman los entendidos a esas fotos que antiguamente lucían en las vitrinas que a tal efecto existían en las fachadas de los cines— y me decidí por 39 escalones, remake de un film del mismo título que Hitchcock ya había dirigido allá por los años treinta.

Yo que me las prometía tan felices y ya ven: una tarde de cine, en franca retirada y… ¡con el rabo entre las piernas!

10 comentarios:

  1. La cruz está muy trabajada,(¿es un esparadrapo pintado?) y la historia no tiene desperdicio, jaja. Por eso que, no siempre la primera impresión es la que vale. Abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Carmen, la primera impresión puede engañar. Y a veces... ¡la última también!
      Gracias por leerme. Un abrazo.

      Eliminar
  2. ja, ja, Oñera, pobre hombre. La verdad es que los uniformes, y claro está, hablo desde el punto de vista femenino, como una chaqueta, o un traje bien plantado, dan un empaque que luego, a la hora de la verdad, una vez despojados de ellos, pueden dejar en evidencia a quien los porta. Creo que pasa lo mismo ahora con tanto wonder-bra (que no Brad, jee), de las mujeres, que digo yo que luego en un bis a bis...la realidad se hará patente... Como mujer canuto, léase que lo de cuerpo guitarra siempre ha sido una utopía, siempre alucino cuando veo esas cinturas de avispa, esos pechos puntiagudos, esos culos potencialmene acariciables de las pelis de los sesenta tanto nacionales como americanas. Esa Conchita Velasco, esa Analía gadé, o la mismísima Doris Day, bombón enmascarado en mujer convenientemente recatada. Ainss....
    Y encima se fue a ver un remake de una genial peli. ¡Hombre, no...! De verdad que no era su día.
    Me ha gustado mucho sste relato, Brad. Si no pareciera totalmente real no lo estaría comentando como si estuviéramos en plena conversación real sobre un suceso real.
    La cruz, mira que pensé que la habías hecho con washi-tape, ahora tan en boga...

    Abrazotes

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En cuanto a su físico, la chica del relato no tenía nada que envidiar a las actrices que mencionas. Respecto al remake, fíjate que no recuerdo aquel film como una mala pelicula (el prota era Robert Powell)
      Muchas gracias, Margarita. Un abrazo.

      Eliminar
  3. Ay Oñera, siento haberme reido un buen rato a pesar de las decepciones que te ocasionaron aquella tarde, pero es que la vida esta llena de casos parecidos a los que hay que capear con sutilidad como hiciste tu. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No lo sientas, Eva. Si te has reido ya merecio la pena haber escrito el relato.
      Gracias. Un abrazo.

      Eliminar
  4. Hola Oñera: Me atrapó el relato y las palabras ocurrentes que empleas,realmente eres un "personaje" muy observador especial para describir estas situaciones divertidas y reales, hay un dicho "Las apariencias engañan.." y eso es lo que resultó y muy buena tu salida. Un abrazo amigo!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me gusta escribir estas historias cortas, unas veces basadas en vivencias propias (como ésta) y otras producto de la imaginación.
      Gracias Mercedes. Un abrazo.

      Eliminar
  5. Ja,ja! Qué historias cuentas! Te leo en una de las contestaciones que es de "vivencia propia". Te debió quedar marcado para no haberla olvidado... bueno, tampoco es grave! Es cierto que muchas veces un buen uniforme embellece una figura... a las mujeres y a los hombres!
    Y...qué bien escribes, puñetero!! Te envidio esa labia que tienes y lo bien que te expresas!
    Disfruto mucho leyéndolas!
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Joshemari. Para escribir estas historias sólo se necesita mucha afición, un poco de memoria y saber reirse de uno mismo.
      Me alegra que te gusten. Un abrazo.

      Eliminar