lunes, 26 de mayo de 2014

¿LOS FANTASMAS DEL ROXY?


No sé si seguirán por ahí. Los fantasmas del Roxy, digo. Aquellos que, de cuando en cuando, se aparecían en la entidad bancaria que levantaron tras demoler el cine de la canción de Serrat. Sin embargo por aquí no se les vio nunca. Al menos que yo sepa. Aquí el tiempo, la especulación y las modas ––o vaya usted a saber qué–– se llevaron nuestros cines y no nos dejaron siquiera los espíritus. En su lugar sólo quedó eso: bancos. Y hamburgueserías de esa conocida cadena americana, hoteles, discotecas, ópticas que se anuncian en la tele, clínicas de esas donde te ponen tetas, casinos… Ah, y pisos. Muchos pisos. Que antes, te lo juro, se vendían como rosquillas y claro, era más rentable dedicarse a la cosa inmobiliaria que vender entradas para ver películas.

Quienes no los conocieron pensarán que aquellos cines de antaño sólo eran salas donde se proyectaban pelis. ¡Pobres diablos!  No saben que eran locales mágicos, en los que esa fábrica de sueños que es el cine realmente nos hacía soñar despiertos. Y también reír. Y, por supuesto, llorar. Eso cuando no se atragantaba ese “algo” en la garganta que te obligaba a tragar con dificultad, mientras la oscuridad de la sala impedía que nadie se percatase que uno, a veces, también se emociona. Eran, sí, inmuebles repletos de butacas en los que unas imágenes en movimiento conseguían hacer vibrar dentro de ti algo muy parecido a los sentimientos (¿o lo que afloraban eran sentimientos verdaderos?)

¿Es que no los recuerdas?  ¿No te acuerdas del Robledo y el María Cristina en aquella calle Corrida por la que aún pasaban coches?  ¿Ni del Hernán Cortés en la cuesta de Correos? ¿Y qué me dices del Teatro Arango, con el título de la peli escrito con bombillas en la fachada? ¡Claro hombre!  Y si haces un esfuerzo te vendrá a la memoria una lista casi interminable de cines de reestreno: Albéniz, Roma (cuando comencé a escribir estas líneas no reparé en que antes se llamó Roxy, mira qué casualidad), Goya, Avenida, Fac, Ideal

Eso sin moverte del centro de la villa, que pateando un poco podías ir hasta el Rivero en La Calzada, al Cine Natahoyo o al Cine Pumarín. O acercarte a Cimavilla y ver una de arte y ensayo en el Brisamar.

¡Hay bombones y caramelos! El NO-DO. En el descanso visite nuestro ambigú. Recuerdos de infancia y juventud que perviven en la memoria colectiva de varias generaciones de gijoneses. Cierro los ojos y llega hasta mí el inequívoco aroma a ambientador de aquellas salas ––¿te has fijado que ahora los cines ya no huelen a cine?––, donde siempre se podía escuchar la sempiterna coletilla “Acomodador: ¡que me la están chupando!”, a lo que el acompañante contestaba simulando que tenía la boca llena “No hazzga cazzo, gue ezz mentida”

Salas en las que vimos películas ––buenas, malas y de las otras–– mientras comíamos a escondidas las prohibidas pipas de girasol y, como no, dimos algún beso furtivo intentando emular lo que haría la pareja protagonista algunos minutos después, justo antes del the end.

No sé, a lo mejor es que los fantasmas gijoneses son de efecto retardado. Pero no desesperes. Haz como yo y verás que cualquier día nos encontramos con Vivien Leigh a las puertas de la mencionada hamburguesería, jurando con el puño en alto que nunca volverá a pasar hambre. Tampoco sería tan raro encontrar a Sean Connery tomando un culín ––escanciado, no revuelto–– en cualquier sidrería de la ciudad. O cruzarte con Marilyn, que va en busca de una rejilla que le levante la falda, sin saber la pobre que aquello del metrotren quedó en agua de borrajas. Poco más allá, tras bajar las escaleras de Correos, Lana Turner se alisa la falda mientras reitera a Jessica Lange: “Lo que te decía, nena. Dos veces. El cartero siempre llama dos veces”  No muy lejos de allí Audry Hepburn come un bollu preñau frente al escaparate de una joyería que de momento resiste a la crisis y tú, claro, la miras de reojo al pasar. Mientras Bogart, que desde hace rato camina a tu lado, asegura que lo vuestro puede ser el inicio de una gran amistad. Sí, sí: ¡cómo lo oyes! Ya sabes como es el bueno de Humphrey

Claro que puedes pensar que peco de cursi con este juego de enredar películas y recuerdos. Si esto ocurre, si no eres de los que disfrutan accionando de vez en cuando la palanca de la máquina de la nostalgia, entonces deja de inmediato de leer estas tonterías y vete al cine a ver una buena peli. Sin duda será más acertado y enriquecedor. Pero que no te pille por sorpresa: ¡sustituyeron el ambientador por ese maldito olor a palomitas de maíz!

jueves, 22 de mayo de 2014

MISMO LUGAR, DISTINTAS MIRADAS (y VIII)


Es la última mirada de esta serie de acuarelas. Arriesgando en la composición para dar mayor trascendencia a ese Cantábrico que se hace grande más allá del horizonte, sin saber si la decisión será acertada hasta ver el resultado final.

Y es que en la acuarela, como en la vida, no puedes estar seguro de nada si no es a toro pasado. Incluso, a veces, ni así...

lunes, 19 de mayo de 2014

PERÚ


En el último post que dediqué a mis pipas mostré dos ejemplares de los que no sé a ciencia cierta el país de procedencia. En esta ocasión puedo asegurar que se trata de tres pipas peruanas (siempre según la información de los distintos vendedores)

Como podéis ver se trata de piezas realizadas en arcilla, decoradas luego en distintos colores y motivos.



jueves, 8 de mayo de 2014

¡VAYA PAR DE DOS!


Adquirí estas pipas en un puesto de mercadillo, en el que ofrecían a buen precio productos artesanos importados del continente americano. Lo que no supieron decirme es de qué país proceden este par de ejemplares realizados en madera, con acabado en veteado y color natural. 

Como se puede apreciar la primera está rematada con un sencillo torneado y la segunda con un talla en la cazoleta que emula a un barbudo con sombrero.

jueves, 1 de mayo de 2014

VOLVER A EMPEZAR


Viajaba en autocar de Madrid a Gijón mientras la radio comunicaba que esa tarde se iba a estrenar una película en el Teatro Arango. Tenía las pulsaciones a mil después de despistar a la Policía Militar, que me persiguió por toda la estación de autobuses de Valladolid cuando me vio desayunando en la cafetería vestido de paisano (había sustituido el traje de marinerito por unos tejanos y una camisa a cuadros en el baño de la estación), así que permanecer atento a la noticia seguro que sirvió para tranquilizarme.

Informaba el locutor que el film se presentaba en Gijón a nivel internacional, que la mayoría de exteriores estaban rodados en las calles de mi ciudad y que el director era José Luis Garci.

Ya había visto otras pelis de Garci con anterioridad (Asignatura pendiente, Las verdes praderas, El crack) y la verdad es que me habían gustado. Y aunque no podía imaginar, claro, que Volver a empezar iba a ser la primera película española que ganaría el Oscar al mejor film en lengua no inglesa, decidí no perderme el evento.

Lo cierto es que aquel estreno fue todo un acontecimiento en Gijón ya que, aunque no era la primera vez que las cámaras grababan por nuestras calles —anteriormente ya se habían filmado en nuestra villa pelis como Los peces rojos o Jandro—, es lógico que el trajín de las gentes del cine trabajando por rincones de la ciudad llame la atención a los vecinos del lugar.

Que yo recuerde jamás en ningún cine de la ciudad se proyectó película con tal escándalo en las butacas. Según iba transcurriendo la historia, los gijoneses, poco acostumbrados a ver las cosas cotidianas reflejadas en la gran pantalla, no dejábamos sin comentar ni una sola escena:

—Mira, mira: ¡mi güela asomáa n´el balcón!
—Tenía razón el mi xienro: ¡sal el mi erredoce aparcau en doble fila!
—¿Aquel de allí no ye Ladio? Sí muyer, uno muy célebre que trabaya na fábrica tabaco. ¡Tienes que lu conocer!
—¿Pa onde va esi autocar tou lanzau por ahí? ¡Si ye direción prohibida!

Quizá fuese que aquellos comentarios me impidieron entrar de lleno en la trama, o que aún era muy joven para dejarme seducir por una historia sobre el amor en el ocaso de la vida. El caso es que la primera vez que vi Volver a empezar no me gustó demasiado; aunque luego, en posteriores revisiones, mi impresión sobre la película iba a cambiar por completo.

Con Ángel Llorente y el propio Garci al teclado de la Olivetti, el guión cuenta como un reciente Premio Nobel de Literatura regresa a su Gijón natal tras muchos años de ausencia. Allí se reencuentra con la mujer que fue su primer amor y juntos recuerdan los momentos más felices de su juventud, a la par que viven una nueva historia de amor. Si añaden luego esos impresionantes exteriores de la ciudad que Garci supo captar como nadie, y se envuelve todo con la música de Cole Porter tenemos, claro, una película de Oscar.

Antonio Ferrandis y Encarna Paso están impecables —actualmente no hay muchas actrices que sepan transmitir como lo hace Encarna (para muestra vean la escena del reencuentro de los dos protagonistas en la Galería de Arte Tioda)—  y José Bódalo genial (la escena en que lee la carta y se entera de la enfermedad de su amigo es un derroche de sentimientos)  Del resto del reparto destacar a Agustín González, fenomenal en esas escenas cordiales que sirven para que se afloje esa maraña de sensaciones que te oprime la garganta, permitiéndote de ese modo que tragues un poco de saliva.

Llegados a este punto, supongo que no hará falta que les recomiende que vean Volver a empezar en cuanto tengan ocasión. Personalmente les puedo asegurar que cada vez que la veo me gusta más.

Claro que si ustedes nunca se bañaron desnudos en la playa de Perlora una noche de verano, mientras pasaba el tren de Candás con sus ventanillas iluminadas dejando entrever la silueta de aquella pandilla que volvía a casa cantando al son de sus guitarras, tal vez entonces  —si no vivieron dicha experiencia, digo—  vean la película con otros ojos.