lunes, 8 de junio de 2015

JUGANDO AL GUA



El terreno tenía caída hacia el lado contrario al gua y volvía a ascender justo donde estaba situada la bola de mi contrincante, con el consabido peligro de que nuestras canicas quedasen juntas si no conseguía impactar con la energía suficiente, lo que permitiría que rodasen a la par buscando el sitio más favorable (cualquier jugador de canicas sabe que si dos bolas quedan en contacto entre sí pierde quién realizó la última jugada)

Una vez estudiado el campo de juego disparé con fuerza mi canica preferida ––era de cristal transparente, con una mancha blanca y azul en su interior que se asemejaba a un pájaro––, la cual salió rodando en busca de su objetivo casi a la vez que alguien se acercaba vociferando que en el cine del barrio iban a poner una peli de Marilyn.

Corrimos a mirar las carteleras y allí estaba esperándonos con su célebre vestido blanco de vaporosa tela al viento, permitiendo sin ningún tipo de falso pudor que admirásemos sus piernas de perfecto torneado. Coqueteando con su mirada de ingenua y su sonrisa carnosa. Inclinada hacia nosotros como si el vestido fuese de cuello alto en vez de tremendamente escotado, dejándonos con aquella sensación de que sus pechos iban a salirse de un momento a otro. No, no cayó esa breva (o, para ser más exactos, ese par de brevas)  A pesar de que eran sólo fotografías, a todos ––sí a todos, estoy seguro de ello–– nos apetecía tocarla o, no sé, acariciarla quizá.

Siempre sensual, sus primeros planos ––primerísimos diría yo, de esos que no consiguen encuadrar el rostro completo–– te dejan anonadado ante tal belleza. Los planos largos, en cambio, te permiten escudriñar al milímetro su escultural figura. Aquel día que conocimos a Marilyn Monroe, o al menos el día que comenzamos a mirarla de aquella manera, todos los chavales del barrio nos enamoramos de ella.

Sí, ya sé que no es el tipo de chica que a nuestras madres les gustaría tener como nuera. Sin embargo estoy seguro de que cualquiera de nosotros habría entregado sin rechistar su bolsa de canicas, sus mejores chapas enchapadas ––tenía yo una de Mirinda, con la foto de El Tarangu dentro, que cuando se deslizaba casi no tocaba la acera–– e incluso su colección de tebeos de El Capitán Trueno a cambio de estar un instante a su lado. Más aún: aquel día habríamos regalado la totalidad de nuestros juguetes sólo por haber visto aquella película. Y es que, aunque el cartel del film aseguraba que La tentación vive arriba, lo que a nosotros nos tentaba eran las fotos que veíamos en el interior de aquellas vitrinas que colgaban de la fachada del cine.

¡Y no quieran saber lo que éramos capaces de imaginar que podía ocurrir en la pantalla de aquella sala!  Aunque lo cierto es que fue el Metro de New York, al pasar por aquella esquina de Manhattan, quien levantó la falda a Marilyn para deleite de varias generaciones.

¿Habrá algún insensato ––me pregunto–– que aún tenga dudas sobre la conveniencia del tren suburbano en la villa de Gijón?

Por cierto: aquel día perdí mi canica preferida ––la que tenía dentro un pajarito  blanco y azul, ¿recuerdan?–– pero me importó un bledo. Después de conocer a Marilyn uno ya se sentía mayor para jugar al gua y demás tonterías. A partir de entonces los muchachos de la pandilla comenzamos a mirar a las chicas de otra manera, a fumar Celtas a escondidas y a medir quién era el que meaba más lejos. Emprendimos, en suma, ese largo camino que conduce a la madurez, ya me entienden.
Adiós infancia. Bienvenida Marilyn, Norma Jean, pubertad . . .


¡¡Y TODO PORQUE ESTA PIPA ME RECORDÓ A AQUELLA CANICA!!

10 comentarios:

  1. Es una de las pipas más curiosas que te he visto, me gusta ese jaspeado en azul. Casi siempre queda registrado en nuestra memoria, ese momento en el cual nuestra existencia da un salto cualitativo mediante el cual nuestra vida entra en otra etapa distinta y constato que el mito de Marilyn ha tenido mucho que ver en varias generaciones. También tu relato me evoca el recurso literario de la magdalena en "En busca del tiempo perdido" de Proust, novela que nunca he podido con ella y la he dejado a medio leer.
    Me ha gustado mucho tu relato.
    Abrazo.

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    1. Es que uno ya tiene una edad, Carmen. Y claro, recuerda los tiempos de Mariacastaña...
      La pipa sí que es curiosa. Como hecha en una fábrica de canicas.
      Un abrazo.

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  2. Eres un genio, contando esas historias que a todos nos hacen venir a la memoria aquellos tiempos de las canicas... Ja, ja, digo canicas y no Marilin, porque la película era de 3 o de 3R, como la catalogaban los que ostentaban el poder. O sea Franco y la Iglesia. Y no se nos permitía verla y hacía feo el contemplar el cartel delante de los demás. Siempre la mirábamos de reojo. Luego había el espabilao de turno que conseguía fotografías de ella y cambiábamos con las canicas. Eso también era peligroso porque o los profes o en casa, te las descubrían y ya estaban para entonces, arrugadas y manchadas...
    Muy bien Oñera. Un buen aperitivo!
    Un abrazo.

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    1. Esto era en el cine del barrio, muchos años después de su estreno. Aún así nosotros no accediamos a la sala ni de coña. El tema de la clasificación por edades lo llevaban a rajatabla...
      En fin: ¡imaginación al poder!
      Gracias Joshemari.
      Un abrazo.

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    2. El menú que nos presentas, es menú de bodas antiguas, del tiempo que se aprovechaba el evento para sacar el vientre de pena.
      De entrrada nos entretienes con un aperitivo, calienta-tripas, que nos entona
      y nos coloca en avidoso apetito; sigue un consomé calentito, que nos
      templa los sentidos, nos prepara para embuchar lo que nos hechen,
      y asoma el primer plato: dos embelesadoras gambas, dos, que le dan
      todo su sabor, a unas pechugas de poularde, que, eso si hemos
      percibido un tanto más grandes y duras, que las que de corriente tenemos
      en casa. Y de segundo, habitualmente, obligado de pescado, una escultural
      y contoneante, cola de merluza, de carnes blancas, que solo mirarla,
      los jugos gástricos se alborotaban, con deso de salirse por los sesos.
      De postre, no podía faltar, " DAMME BLANCHE" que se derretía, con
      solo el contacto de nuestro aliento. Bebidas: buenos caldos de La Mancha,
      que al llegar a casa, estaba presente en nuestro pernal pantalonero,
      un conocido blanco, y un espumoso, que se subía arriba.
      A nuestras madres no les gustaba que comieramos tanto, y nos pusieramos
      "como curas", y emnfurecidas nos mandaban a jugar a las canicas, pero
      uno de mis amigos prefería jugar con las bolas... ya le empezaba a salir
      pelo en el bigote.....
      Yo, sin embargo, siempre preferí trasladrme, en metro, al cine, y no
      perdeme el NO DO, siempre me han gustado les pelis de terror !!

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    3. ¡¡Jooooeeeer!! ¡Sin palabras me quedo!
      Mil gracias por tu comentario, Fernando.
      Un abrazo.

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  3. Siempre me gustó Norma. Su mirada dulce, inteligente, soñadora e inocente, me parecía (y me sigue pareciendo) mucho más bella y feliz de la de la exhuberante Marylin. Arrebujada entre la falda levantada de su vestido, aparentemente pícara, casi descarada a los ojos del espectador, siempre la sentí como un pajarillo asustado al que le habían puesto una asfixiante jaula, mucho más pequeña que su cuerpo y, sobre todo, mucho más pequeña que su inteligencia y sensibilidad. Pensaba entonces, y pienso ahora,que de haberla dejado respirar apenas una brizna de otro aire, más fresco y más libre, hubiera sido una actriz a la altura, por ejemplo, de Shirley Maclein y, en su madurez, liberada ya de la pesada carga de la explosiva belleza, Norma nos habría regalado sin rencor toda la elegancia interpretativa que los ojos que miraban a Marylin le arrebataron.
    No pudo ser. Y junto a la transparencia de su alma, aquella que su mirada nos ofrecía, nos perdimos a Norma.
    Según leía tu fantástica historia y después los comentarios, iba comprobando, sin embargo que, sin ella saberlo, los sueños, la madurez y la íntima libertad que a ella se le negaron, fueron la puerta por la que tantos y tantos soñaron y maduraron. Y es más que probable que, ahora, en tu belleza intacta, más de uno te mire con los ojos del corazón y te eche de menos de otra manera. Como aquella canica de cristal a la que el paso del tiempo ha otorgado otra belleza y otro valor más grande y hermoso.

    Un poco como la pipa de Monsieur Oñera, siempre vi con la misma intensidad la belleza de tu blancura y la de tus vetas azules: Siempre me gustaste, Norma. Siempre me enterneciste, Marylin.

    Abrazotes muy gordotes




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    1. Sin palabras me vuelvo a quedar...
      Sólo por tener comentarios como los vuestros ya merece la pena publicar en el blog...
      Un abrazo, Marga.

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    2. Brad mío, perdonadme Marilyn y tú el baile de letras en el nombre artístico, pobre Marilyn... aiisss (día de flashes-reveladores de errores)

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    3. Leía y releía y no pillaba el baile de las íes.
      Griegas, látinas... ¡qué más da!

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