sábado, 22 de diciembre de 2018

FELICES NAVIDADES



No me da la gana. No, de verdad que no quiero. Me niego a comprar lotería de Navidad en agosto. No pienso volver de las vacaciones con la maleta cargada de décimos, por mucho que publicistas televisivos intenten convencerme de que eso es mejor que los souvenirs de toda la vida. Me traigo un imán para la nevera. ¡Como está mandado!

Y es que eso de pensar en la Navidad antes de la otoñal caída de las hojas es algo serio que me descoloca por completo. Supongo que quien quiera conocer la razón tendrá que rebuscar en esos posos que uno acarrea desde niño. Porque las navidades de mi infancia no comenzaban cuando a los dueños de unos grandes almacenes les viniera en gana, ni llegaban cuando comenzaban a emitir en la tele spots anunciando productos navideños. Antes la Navidad empezaba con las voces de los niños del Colegio de San Ildefonso repartiendo esperanza desde todos los aparatos de radio del territorio nacional. Créanme si aseguro que ese es el instante mágico en que se desataba eso tan cacareado que, si me permiten ponerme un pelín cursi, podríamos llamar el espíritu navideño.
            
––Qué, doña Engracia. ¿No tocó nada?
––¡Nada hija! ¡Ni una terminación siquiera!
––Bueno mujer… ¡pues será para El Niño!
––¡Dios la oiga, que buena falta nos hace!  Usted lo sabe bien...
––Y si no que haya salud, que es lo importante.

Comenzaban entonces a sonar por todas partes villancicos ––Noche de paz, Dime niño, Adeste fideles–– y las calles, grises y monótonas durante el resto del invierno, se iluminaban con miles de bombillas de colores. Tantas postales se enviaban para felicitar las fiestas que el silbato del cartero de mi barrio se ponía al rojo vivo (tres pitidos si la carta era para el tercer piso, dos si para el segundo…) Las tiendas se vestían de gala con espumillón de oro y plata y cuando la gente se deseaba felicidad casi siempre lo hacía de corazón.
   
 ––Feliz Navidad, doña Engracia.
 ––Igualmente Manolo. Y enhorabuena, que ya me enteré que le tocó la cesta del Casino.
 ––Gracias doña Engracia. ¡Esta Nochebuena la vamos a celebrar por todo lo alto!
––Pues nosotros también porque... ¿sabe quién viene?
––¿Su hija mayor? ¿La que está en Bilbao?
––¡Sí Manolo, sí! ¡Y los chicos, que ya casi no los conozco! Este año vamos a estar todos juntos.
––Me alegro por usted Doña Engracia. ¡Feliz noche!
          
Eran las fiestas navideñas, ay, tiempo de reunión de familias dispersadas. Y de cestas de Navidad, que nosotros sólo veíamos en las viñetas de los tebeos y en el escaparate de La Argentina (qué bonitas eran envueltas en celofán y con aquel enorme lazo rojo en lo alto) Claro que en el Gijón de mi niñez quién dijo Navidad dijo Verdú, donde mis padres siempre nos compraban a Juanín y a mí un perrito de mazapán con un cascabel atado al cuello.

¿Y para juguetes? Pues Óptica Navarro, por supuesto. El mejor escaparate del mundo para la chiquillería de la época, con un paje de cartón-piedra que sujetaba el buzón donde echábamos la carta para los Reyes.

¿Y el mejor de los belenes? Sin duda el del Sanatorio Marítimo, que era aún más grande que el que armaba mi padre en casa. ¡Qué tío mi viejo! Quitaba la puerta de la salita y sobre ella construía un nacimiento al que no le faltaba de nada. Pero el Belén del Marítimo era otra cosa. Allí anochecía y volvía a amanecer en menos de un minuto, mientras por el cauce del río corría agua de verdad.

Llegaba entonces la Nochebuena con su mantel de hilo y la vajilla de las ocasiones. Sopa de pescado, pixín alangostado y carne asada. Luego, a los postres, a mi madre se le anegaba la mirada recordando las navidades de su infancia en Cimavilla. De repente, en casa de algún vecino comenzaban a cantar villancicos ––Hacia Belén va una burra, La marimorena, Los peces en el río–– y cuando sonaban las zambombas mi padre decía que estaban rascando tuberías. Y Juanín y yo nos meábamos de la risa. Y hasta nos dejaban beber un sorbito de sidra El Gaitero (en aquellas copas anchas y abiertas, no en esas estrechas y finitas que se llevan ahora)  Más tarde secaba con la manga el vaho de la ventana y veía que en todas las casas había luces encendidas, con destellos multicolores de los árboles adornados iluminando los cristales. Y me iba a la cama cuando me rendía el sueño, sin que nadie me obligara que para eso era Nochebuena.

La Nochevieja no. La noche de fin de año era otra cosa. Yo creo que se inventó para acabar con los restos de turrón que sobran de la Nochebuena. A mí de la Nochevieja lo que más me gustaba era el día siguiente ––el año siguiente––, cuando nos repartíamos el cotillón que nos había traído Merce. Gorritos, matasuegras, globos, confeti, collares de papel. ¡Cómo se lo debían pasar en aquellas fiestas! Siempre imaginé que aquello tenía que ser el despiporre. Después resulta que, cuando creces y sales en Nochevieja, nadie se pone el gorrito, ni el collar hawaiano. Jamás vi a nadie soplar su matasuegras ni jugar con sus globos de colores. Y el chocolate de las churrerías, excelente el resto del año, esa madrugada no es más que agua de fregar (¡coño que los churros son de goma, no les digo más!)

Y llega la tarde del cinco de enero y te pilla en el borde de la acera esperando con ansia el paso de la Cabalgata, rezumando ilusión por todos los poros. Después la noche más larga, la de Reyes. ¡Que nervios!

––¿Qué te han traído los Reyes, Enriquito?
––¡Un coche de policía! ¡Y un fuerte con indios y vaqueros! ¡Y...
––Eso es que has sido bueno. Pues en mi casa te han dejado este paquete de revoltijo y estos cinco duritos.
––Pero Doña Engracia, no debería usted...
––¡No es nada mujer! Aunque solo sea por ver a los niños con esta ilusión...
––Por cierto, que ya me enterado que este año vinieron su hija y sus nietos de Bilbao.
––Sí hija, sí. Pero ya se tuvieron que ir. Y una ya es muy vieja y no sabe si los volverá a ver.
––Ande, ande... ¡Qué no es usted tan mayor! Ya verá como el año que viene los tiene otra vez aquí.

Y los Reyes Magos te dejaron lo que les habías pedido: Las mil caras del agente secreto. ¡Lo que jugamos Juanín y yo con aquellos bigotes y barbas postizos! Por no hablar de aquel dedo pulgar ensangrentado, que no sabíamos muy bien para qué servía pero que nos poníamos para que nadie nos reconociera. Y los Juegos reunidos Geyper, que no habías pedido pero que daba igual. Y una caja enorme de madera llena de lápices de colores Alpino. Yo no sabía que existían tantos colores en el mundo. Ni siquiera las bombillas que iluminaban las navidades de mi infancia eran de tantos colores como los lápices de mi caja. Luces que pronto los operarios del ayuntamiento comenzarían a retirar para que el invierno pueda continuar su camino, dejando paso a una nueva primavera. ¡Y a otro verano en el que pegar un nuevo imán en la nevera!

2 comentarios:

  1. En mi casa eran un clásico los lápices Alpino, caja de 12, el balón enorme de goma con hexágonos de colores, los juegos reunidos, y lo más de lo más, cuando la cosa iba bien, los rotuladores Carioca. Fuese lo que fuese, incluso si no era lo que esperabas, todo aparecía maravilloso y una lo celebraba, cual matahari de película, simulando fumarse, antes de comérselos, uno de aquellos cigarrllos de chocolate. O comíéndome el paraguas, también de chocolate, jiiiii...

    Abrazotes gordote y que pases, junto a los tuyos, una muy feliz Navidad

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    1. ¡Qué buenos aquellos paraguas de de chocolate! Además de los juguetes, en casa los monarcas siempre dejaban algún paquete de revoltijo..
      Espero que estéis pasando unas muy felices fiestas, Marga.
      Un abrazo.

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