miércoles, 29 de junio de 2011

GALLO

Acuarela sobre papel Cartiera Magnani 300 gr (22x18 cm)


En mis tiempos de colegial solía hacer raudo mis deberes para poder irme a jugar. Por la misma razón, cuando había que estudiar también lo hacía rápidamente, leyendo de soslayo y sacando mis propias conclusiones, en muchas ocasiones de forma equivocada.

Estudiando a un tal Sócrates mi conclusión fue que aquel tío era un sabio de pacotilla. Sí amigos, porque cuando llegué a su famosa frase, con las prisas lo que leí fue "solo sé que no sé nadar". Sin embargo nosotros -los estudiantes de mi clase, que no éramos sabios ni mucho menos- sí que sabíamos, que alguna ventaja tiene que tener ser de puerto de mar.

Así que ya sabéis: nadar sí que sé. Lo que no sé es pintar gallos, que a lo mejor al Sócrates le salen de maravilla (aunque no sé que se puede esperar de un sabio que no sabe nada, ni siquiera nadar)

domingo, 26 de junio de 2011

LAS ÚLTIMAS EN LLEGAR


Estas dos maravillas ocupan lugar destacado en la vitrina de mi salón desde que mis amigos Geli y Martín me las regalaron, a la vuelta de un viaje por el sudeste asiático.

La primera es una pipa de agua camboyana, elaborada en latón repujado y porcelana.

La segunda es vietnamita y está fabricada con madera y hueso, y adornada con los fabulosos dibujos que veis.

En lo referente a la fecha de llegada son las últimas piezas de mi colección pero, por razones obvias, ocupan uno de los primeros lugares en la lista de mis pipas preferidas.

¡Gracias chicos!. Espero que sigáis viajando y encontrando por el mundo bellezas como éstas. Sabéis que parte mi colección es vuestra.


jueves, 23 de junio de 2011

TIRANDO DE ARCHIVO


Llevo unos días de esos en los que no tienes tiempo pa ná. Y para colmo, el poco tiempo que puedo dedicar a la acuarela no es muy fructífero precisamente (que no doy una, vamos)

Así que, si quiero colgar algo en el blog, no me queda más remedio que tirar de archivo y mostraros estas acuarelas realizadas el año pasado. Espero que haya aprendido algo desde entonces y que notéis evolución. Yo notar, lo que se dice notar, noto poca la verdad.

























Acuarelas Van Gogh sobre papel Art&Desing 220 gr (25x11 cm)

domingo, 19 de junio de 2011

UN AÑO ROBANDO CORAZONES


Supongo que todos conocéis el blog de Conchy LA LADRONA DE ARTE (si de mí dependiera cambiaría el nombre por LA LADRONA DE CORAZONES), pero por si hay por ahí algún despistado os diré que, con motivo del primer aniversario del blog, se va a realizar un sorteo cuyas condiciones podéis ver si clickáis aquí


Conchy, ladrona de corazones con mucho arte

jueves, 16 de junio de 2011

EXTRAÑA INVIDENCIA


Los sacerdotes del colegio nos lo repetían hasta la saciedad: “quien cometa actos impuros quedará ciego”.

Personalmente me encontraba libre de pecado en lo que a una futura perdida de visión se refiere, ya que desconocía la manera de cometer los mencionados actos. Trataba de imaginar innumerables pecados cuya práctica pudiera conducir a la ceguera, pero sólo se me ocurrían formas de pecar públicamente y en grupo. Sin embargo la cosa tenía que ser íntima y en solitario según el cura de religión, que poco a poco fue cerrando el círculo de posibilidades con sus sermones hasta centrarse en un solo acto contra la Ley Divina: “Quien se masturbe será castigado con la invidencia”.

Una vez conocida la causa que provocaba la ceguera, solamente tenía que consultar en el diccionario y por fin me enteraría de qué iba todo aquello. Dicho y hecho, busqué la palabra “masturbar” y lo más parecido que encontré fue:
MASTUERZO. m. fig. Majadero.
Vocablo colocado por los autores en lugar de la palabra buscada y que define perfectamente al buscador. ¿Pero a quién se le ocurre indagar en un diccionario de aquella época con ánimo de encontrar semejante término?.

No nos quedó por tanto otro remedio que preguntar a los compañeros de cursos superiores, los cuales, entre risas y comentarios jocosos, indicaron varios sinónimos de “masturbar” que por fin nos aclararon el significado de la dichosa palabra.

La verdad es que, a pesar de la importancia que le daban los curas al asunto, me pareció raro que eso de palparse la pilila se lo tomase Dios como una ofensa personal. Tampoco encontré relación alguna entre aquel apéndice que se usaba para hacer pis y el sentido de la vista. No obstante sólo me la tocaba cuando iba a mear (por si acaso, ya saben)

Por supuesto que de aquellos sermones algo siempre queda y aunque hoy sé que la ceguera es una discapacidad física debida a causas que nada tienen que ver con lo que nos contaban los curas, en aquellos días comencé a mirar a los ciegos con cierto recelo.

No comprendía, por ejemplo, porqué aquella señora que tan piadosa y buena cristiana parecía, le compraba un cupón a aquel invidente a sabiendas de que era un pajillero de marca mayor. O el caballero del traje gris, que acepta cambiar aquel número premiado con el reintegro por un cupón para hoy. Pero hombre de Dios, ¿no se da cuenta usted que esa mano con que le entrega el cupón es probablemente la misma que utiliza para la masturbación?

¡Y anda que no había ciegos ni nada, que durante una buena temporada me fijé yo y los vi por todas partes!. Hasta en la puerta de las iglesias los tengo visto ofreciendo sus cupones, que no entiendo como el párroco –o los mismos coadjutores, pongo por caso– permiten que semejantes individuos se acerquen a la casa del Señor.

Recuerdo un día que íbamos Pérez y yo en el autobús, en uno de aquellos asientos con forma de banco en el que se sentaban tres personas de espaldas a la ventanilla, y justo a mi lado se acomodó un cuponero. Yo intenté separarme de aquel pecador cuanto pude claro, pero Pérez me lo impedía golpeándome con su pierna porque lo esta echando del banco.
–¿Sabes leer chavalín?
–Sí señor.
–Pues nada, vas a ir diciéndome en qué número acaban estos cupones.
¡Qué remedio!. El ciego iba pasando aquellas hojas y yo cantando la terminación (como los niños de San Ildefonso, pero sin ser Navidad ni nada). Supongo que lo que pretendía era memorizar los números para facilitar su busqueda a la hora de la venta, pero aquel día no sé como se arreglaría porque no le canté ni uno bien. Me enseñaba una hoja con cupones que acababan en siete y yo le decía que en tres, ante el estupor de Pérez que me observaba alucinado. Si la siguiente hoja terminaba en ocho, pues le decía que en cuatro, y así sucesivamente.
–Pero tío . . . ¿qué hiciste?– me interrogó Pérez cuando bajamos del bus.
–Decirle todos los números al revés.
–Ya lo vi joer, ¿pero porqué?
–Porque si quería saber en qué acaban los cupones . . . ¡que no se la hubiese meneado tanto, el muy jodío!
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Nota del autor – Quién esté libre de dioptrías . . . ¡que tire la primera piedra!

lunes, 13 de junio de 2011

PERRO

Acuarela sobre papel Cartiera Magnani 300 gr. (19x19 cm)

No dispongo de mucho tiempo estos días así que, en un rato que me quedó libre, pinté esta acuarelilla sencilla y rápida.

Ya sé que no está como para exclamar ¡GUAU! cuando la ves, pero es lo que hay (tendré que insistir con el tema y pintar más animales)

viernes, 10 de junio de 2011

DE COMPRAS POR MARRAKECH

Pipa de agua (frasco de perfume, madera y hueso)


Aquella mañana madrugamos con la idea de llegar a Marrakech a la hora de comer. Habíamos pernoctado en un hotel a las afueras de Tineghir, y con las primeras luces del alba ya circulábamos a toda mecha en dirección a Ouarzazate por la carretera que, paralela al río, atraviesa el valle del Dadés. Una vez allí giramos hacia el norte para cruzar el Gran Átlas por la misma ruta que lo habíamos hecho unos días antes en dirección contraria. A la hora prevista llegamos a nuestro destino.

Después de comer un taxi nos dejó en la bulliciosa plaza Djemma el-Fna. Nos dirigimos hacia el centro de aquel gran espacio poligonal caminando entre músicos, sacamuelas, fakires, encantadores de serpientes, bailarines y demás teatro que se forma para deleite de los guiris. Recorrí con la vista el perímetro de la plaza hasta que distinguí el café en el que habíamos estado la semana anterior, lo cual me sirvió para hacer una composición del lugar, aunque de sobra sabía que una vez dentro del conglomerado de callejuelas que forman el zoco –el más grande de Africa, dicen– cualquier orientación anterior de poco iba a servir.

No avanzamos ni veinticinco metros por la calle que habíamos escogido al azar cuando mi mujer se interesó por algo que descubrió entre un montón de trastos, expuestos a la puerta de una pequeña tienda.
–Tú di precio– le dijo el vendedor cuando la vio examinando el producto.
Era una pequeña pipa fabricada con un frasco de perfume francés, el cual hace las veces de depósito de agua. Una pieza artesanal que probablemente es única en el mundo.
–No, el precio dímelo tú. Pero dime un buen precio, porque de lo contrario no te la compro.
–No, tú di precio que quieres pagar.
–Un dirham.
–No . . . ¡tú di precio de verdad!
–No tengo tiempo para regatear. Dime cuanto pides o me voy.
–Ciento cincuenta dirhams.
–Es buen precio, dile a tu mujer que acepte– me dijo por lo bajini el dueño de la tienda de enfrente.
-Lo siento, es muy caro– contestó ella devolviendo la pipa al propietario y prosiguiendo la marcha por aquella callejuela atestada de gente.
–¡Tienes prisa para comprar! ¡Ciento veinte y te la llevas!– gritó persiguiéndonos con la pipa en la mano.
–No vas a conseguir mejor precio, ¡compra ya!– le aconsejó otro individuo que también entró en escena.
–Último precio: ¡cien dirhams!
Negó con la cabeza sin dejar de caminar. El vendedor se dio por vencido abandonando la negociación y regresando a su tienda, de la que ya estábamos bastante alejados.

Varios minutos, calles y tiendas después encontré en un pequeño comercio unas pipas de hueso de dromedario. Escogí la que me pareció mejor trabajada y, tras más de un cuarto de hora de regateo, la compré por la cuarta parte del precio de partida, y aún así estoy seguro de que el vendedor hizo un buen negocio.
–¿Te gustan las pipas?– preguntó cuando se cansó de decirme lo buen regateador que era y el gran chollo que me llevaba.
–¿Tienes alguna más?– repliqué sin demostrar mucho interés.
–Creo que a tu esposa le gusta ésta– dijo mostrándonos la pipa que habíamos intentado comprar una hora antes en otra tienda situada bastante lejos de allí (a pesar de lo difícil que resulta orientarse en un lugar como aquel estoy seguro de ello)
–Es la misma– aseguró mi mujer tras estudiarla en propia mano, y dirigiéndose al vendedor preguntó: ¿cómo llegó hasta aquí?
–¡Tú di precio!– obtuvo por respuesta.
–¿Último precio?. Cincuenta.
–¿Dólares?– preguntó el comerciante con cara de coña.
–No, dirhams– respondió después de reírse.
–¡Tú loca!– le dijo poniéndose el índice en la sien y girándolo rítmicamente hacia delante y hacia atrás.
–Entonces no hay trato.
–Pierdo dinero: ¡setenta y cinco y te la llevas!
–El último precio era cincuenta.
–Sesenta.
-Cincuenta.
–¡Está bien: cincuenta! Pero pierdo dinero con vosotros.
Evidentemente no perdió dinero. Es más: se quedó tan feliz con sus dirhams como yo con las dos nuevas pipas que iban a engrosar mi colección

A lo largo de la tarde también compramos –por el mismo método de los diez minutos de regateo– unas babuchas, una especie de flauta rara, bisutería, varias especias y algún que otro recuerdo del que ya ni me acuerdo (es curioso: ¡recuerdos para no acordarse!). Con la sencilla operación aritmética de multiplicar cada compra por el tiempo dedicado a cada transacción, es fácil imaginar que una tarde de tiendas por el zoco de Marrakech no da para mucho más.


Pipa de hueso de dromedario

martes, 7 de junio de 2011

ARROYO

Acuarela sobre papel Guarro 300 gr (25x35 cm)

Unos árboles en primer plano, reflejos en el arroyo, la arboleda insinuada en la lejanía. Todo ello envuelto por esa luz casi mágica que nos regala el ocaso . . .

Bueno, eso es lo que intenté reflejar en esta ocasión. Lo que en realidad pinté es lo que veis ahí arriba (sí, ya sé: ¡a seguir intentándolo!)

sábado, 4 de junio de 2011

PAISAJE

Acuarela sobre papel Guarro 300 gr (25x35 cm)

De nuevo intento pintar un espacio abierto, una vista amplia que, como el anterior paisaje, no supe rematar.

Y es que, en esto de la acuarela, yo creo que voy como los cangrejos: ¡avanzando p´atrás!

miércoles, 1 de junio de 2011

EL MISTERIOSO CASO DE LOS BALONES ASESINADOS



Jugando al fútbol en el colegio, durante la media hora de recreo, a menudo enviábamos la pelota al patio de un edificio contiguo pasándolo por encima de la tapia y, casi al instante, nos la devolvían completamente rajada. Era una situación que se repetía una y otra vez : tirábamos el esférico al patio del vecino, y éste nos lo rebotaba inutilizado para el juego.

Pareciéndonos tales hechos injustos y considerándolos como una ofensa personal, Diptongo y yo decidimos enterarnos de quien era el culpable de tamaña felonía –no recuerdo si Pérez estaba con la varicela o prefirió quedarse cambiando sus cromos repes de la liga de aquel año, pero el caso es que no colaboró en la investigación– y, tras dar una vuelta a la manzana, llegamos a la conclusión de que el maldito patio pertenecía a la papelería que había justo al lado del colegio.

Se acercaba la Navidad y el mencionado comercio adornó su escaparate pegando en las lunas unas cintas de espumillón plateado de las cuales colgaban las típicas bolas navideñas, que a su vez se apoyaban en el interior del cristal. Llevábamos días cavilando como vengarnos del “rompebalones” y discurrimos que si golpeábamos la parte exterior de la luna en el punto justo donde apoyaba la bola, ésta se separaría del cristal estrellándose contra el mismo en su retorno y quedando hecha añicos por el impacto.

A todos nos pareció una idea estupenda pero . . . ¿quién pondría el cascabel al gato?. Lo echamos a suertes por el estúpido método de ir señalándonos uno a uno a la par que cantábamos aquello de “en un café se rifa un gato, siempre toca al número cuatro”.

Le tocó a Pérez y al día siguiente, después de numerosas protestas por su parte en lo que se refiere al desarrollo de la rifa del dichoso gato, no le quedó mas remedio que cumplir con su obligación. Aún no eran la nueve de la mañana y la papelería estaba cerrada, así que no acechaba ningún peligro desde su interior. Los demás esperamos en la acera de enfrente y vimos como se acercó decidido, miró a ambos lados y golpeó con la palma de la mano en el cristal del escaparate. Corrimos hasta en interior del colegio y, una vez allí, nos miramos con complicidad sin mediar ni media palabra. El plan resultó perfecto: la bola se había roto en mil pedazos.

Al día siguiente no dejamos ni una bola sin destrozar, y cuando el “rajapelotas” las repuso se las volvimos a romper. Pero pasó la Navidad y, cuando volvimos de las vacaciones, ya no había adornos navideños tras los cristales, así que tuvimos que descubrir nuevos métodos para poder continuar con nuestra revancha.

Nuestro enemigo el papelero solía trabajar en la trastienda, de manera que cuando entraba un cliente la puerta accionaba un timbre que lo ponía sobre aviso y venía a atender el mostrador. Se nos ocurrió entonces que si empujábamos la puerta desde el exterior, el timbre sonaría y el tipo tendría que interrumpir su trabajo para venir a despachar, encontrándose con que no había nadie en la tienda.

Era un plan de facilísima ejecución y enseguida lo pusimos en funcionamiento, convirtiéndose pronto en un gesto cotidiano. Cada vez que uno de nosotros pasaba por delante de la papelería abría la puerta y corría hasta la esquina o hasta el patio del colegio, dependiendo si era a la hora de entrada o de salida de las clases. Realizábamos la operación varias veces al día y cuando el papelero se asomaba lo único que veía era a un montón de chiquillos que iban o venían del colegio.

Como no nos costaba ningún trabajo y era prácticamente imposible que nos descubrieran, repetimos la misma maniobra durante casi un trimestre, hasta que un día realizaron unas obras y derribaron el muro que nos separaba del patio del “destrozaesféricos”. ¡Cuál sería nuestra sorpresa al descubrir que no pertenecía a la librería, sino a otra casa de daba a la calle de atrás!
–¡Mierda Oñera!. Dijiste que era el patio de la papelería.
–¿Quién yo?. De eso nada: lo dijo Diptongo, chaval.
–No te enrolles Charlesboyes, que tu también lo dijiste.
Nos sentíamos culpables de las perrerías con que habíamos castigado al papelero sin que el pobre hombre tuviese culpa de nada, así que Pérez propuso que podíamos ir a explicarle que había sido un malentendido y pedirle perdón. Aprobada la propuesta por unanimidad solo quedaba por decidir quién hablaría en nombre del grupo. En esta ocasión lo echamos a “pies” y le tocó a Diptongo (sin duda recuerdan ustedes ese procedimiento que consiste en avanzar los contrincantes uno frente a otro como si en vez de hacerlo sobre el suelo caminaran por un cable y finalmente, cuando se encuentran, quien monta e introduce su pie en el hueco que queda es el ganador)

Tras desestimar las protestas y reclamaciones del perdedor nos dirigimos nerviosos a la papelería. Abrimos la puerta y sonó el timbre, pero esta vez cuando salió el papelero no se encontró con la tienda vacía, sino con varios chiquillos muy serios (éramos cinco o seis, aunque deberíamos haber sido más, ya que el tema de la destrucción de balones afectaba casi a la totalidad del alumnado). Uno de ellos se adelantó un poco y, con un hilo de voz, le relató los hechos que ustedes ya conocen.

El hombre se armó de paciencia y escuchó la historia con aire solemne. Cuando Diptongo dio por concluido su testimonio, el papelero nos regaló un bolígrafo a cada uno y, a la par que movía la cabeza hacía los lados, nos despidió diciendo:
–No me lo van a creer, chavales. Cuando lo cuente en el bar . . . ¡no me lo van a creer!