jueves, 30 de agosto de 2012

AZUL

Acuarela sobre papel Guarro 300 gr. (20 x 30 cm)

Si la campiña inglesa queda tan bien en así, en tonos azules, en la vajilla de nuestras abuelas  -aquella que sólo se usaba en fechas señaladas, ya sabéis-, ¿por qué no representar también el paisaje asturiano mediante una aguada a base de los mismos pigmentos?

Al fin y al cabo aquí también tenemos extendida una alfombra verde que lo cubre todo. Sí, es cierto que no hay grandes castillos y que los palacios no se prodigan mucho por nuestra geografía. En su defecto os dejo estas casas típicas, con sus corredores de madera y sus inseparables hórreos.

lunes, 27 de agosto de 2012

¿MUSAS?


Mientras espero pacientemente que las musas se dignen a pasar por aquí  -creo que están de vacaciones este tórrido mes de Agosto-, tiro de archivo y os dejo con estos apuntes de temática asturiana.

Se trata, ya sabéis, de dibujos a pluma estilográfica realizados hace ya algún tiempo pero que aún no había mostrado en el blog.



lunes, 20 de agosto de 2012

UN DÍA PARA RECORDAR QUE PREFERIRÍA OLVIDAR (y II)


Ya sé que debería comenzar esta segunda parte del relato con indicaciones sobre donde se podría ubicar la cámara, en el caso de que esto fuese una serie de televisión. Pero es que, tras descubrir que hay alguien más en la casa, la trama quedó en un punto tan interesante  –espero que a ustedes también se lo parezca–  que prefiero pasar directamente a la acción sin más demora. Supongamos, por ejemplo, que un travelling de seguimiento me antecede por el pasillo hasta llegar al dormitorio en el que están Diptongo y su chica.

Salí del cuarto sin pensarlo y en calzoncillos  –un slip verde botella, creo recordar –  y entré en el cuarto contiguo de repente, como lo había hecho Pérez en el mío.

–¡Pero donde va este cabr . . .
–Sssssss . . . ¡Calla la boca!  –dije cortando su frase sin dejar de vigilar el pasillo a través del minúsculo espacio que para tal fin había dejado entre el marco y la puerta.– ¡Acaba de llegar una vieja!
–¡Joooder, mi tía!  –exclamó saltando de la cama como impulsado por un resorte.– ¿Y ahora qué hacemos?

No tuvimos tiempo para pensarlo porque la tía de Diptongo avanzaba por el pasillo acercándose peligrosamente.

–¡Sal y párala, que no vea a las chicas!  –fue lo único que se me ocurrió decir.

Y se fue en calzoncillos al encuentro de la hermana de su madre en el preciso momento que la señora, supongo que atraída por el ruido, iba a entrar en el cuarto donde se encontraban Pérez y su pareja.

–¡Tíiia!  –gritó  mientras avanzaba con los brazos abiertos, ocupando de esa manera el pasillo a lo ancho, casi de pared a pared.

La pobre señora quedó paralizada al verlo aparecer de súbito y de aquella guisa. Él la abrazó como si hubiesen pasado años desde la última vez que se vieron, sin dejar de repetir “¡Tíiia, tíiia!”. La vieja, lógicamente, exigió explicaciones y a su sobrino no se le ocurrió otra cosa que poner cara de cordero degollado  –posiblemente el primer cordero que a lo algo de la historia fue decapitado luciendo un slip color azul cielo–  e inventar una historia sobre la marcha.

-Nada tía: que bebimos. Y me pareció que mejor que andar por la calle borrachos era venir a dormir aquí la cogorza. ¡Pero no digas nada a mi madre, eh!
-¿Bebisteis? ¿Quiénes bebisteis?
-Un amigo y yo, tía  –miró  hacia atrás e hizo gestos con la mano para que me acercase.

No me podía vestir porque mi ropa estaba en el otro cuarto, así que cuando salí a presentarme ante la tía de Diptongo aquel pasillo se convirtió en un desfile de ropa interior masculina (no sé si los colores de los calzones serían novedad aquella temporada, pero estoy seguro de que los cuerpos de los modelos dejaban bastante que desear)

La señora prefirió no seguir indagando y nos mandó vestirnos mientras preparaba algo para merendar (lo bueno que tienen las tías y abuelas de la gente de mi generación es que solucionan cualquier situación con una merienda). Regresamos a los dormitorios y pensamos en un plan de escape: dejaríamos todo como lo habíamos encontrado y después Diptongo y yo entretendríamos a la vieja mientras Pérez y las chicas abandonaban el piso sigilosamente.

–Pero bueno, hijos . . . ¿cómo se os ocurre beber?  –preguntó  la buena señora mientras calentaba un cazo con leche en la cocinilla de gas.
–No sé . . .  Queríamos probarlo. ¿No dirás nada a mi madre, eh tía?  –sondeó Diptongo sin recuperar aún su expresión normal.
–¡Tomar, comer algo! ¡Ay!, esta juventud . . . ¡no sé donde vamos a llegar!

A la par que la señora ponía sobre la mesa dos tazas de Cola-Cao y una caja de galletas surtidas  –de esas que siempre se agotan primero las que vienen envueltas en un papelito, ya saben–  sentimos cómo se cerraba la puerta de la entrada, lo cual nos tranquilizó de tal manera que aprovechamos para merendar plácidamente. Y es que está demostrado que a los quince años éramos incapaces, por más que lo intentásemos, de desacatar el Sexto Mandamiento  –el que trata de la fornicación y todo eso, ¿recuerdan?–  pero aún así jamás perdíamos el apetito (como prueba baste decir que de las galletas del papelito no le dejamos ni una a la vieja)

Al día siguiente pasé por casa de Diptongo a ver cómo estaba la cosa, no fuese que su tía se hubiese ido de la lengua. Bueno, a decir verdad no llegué a pasar, porque mi amigo estaba esperando en el balcón y me indicó mediante gestos que no subiese y esperase a la vuelta de la esquina. Aguardé diez minutos que se me hicieron eternos, hasta que lo vi aparecer con un semblante que indicaba preocupación.

–Joer tío, tuve que vaciarlos en el fregadero para que me dejasen bajar a la tienda–  dijo mostrándome los dos sifones que llevaba en las manos.
–¿Estás castigado? ¿Se chivó tu tía?
–¡Le faltó tiempo, chaval! Y lo peor es que ahora piensan que somos maricas.
–¿Maricas? ¿Maricas porqué?
–Porque mi tía nos vio salir en calzoncillos de una habitación a oscuras y en la que sólo hay una cama. ¿Tú que habrías pensado?
–¿Y no les dijiste la verdad?
–¡Pues claro! Les dije que estábamos con unas chavalas, pero no me creyeron.
–¿Y ahora qué hacemos?
–Puedes subir a explicárselo a mi madre, a ver si a ti te cree.
–¿De qué vas, tío? ¡No subo ni de coña! ¡Pero si piensa que soy su futuro yerno!

A modo de resolución la cámara capta la calle en un plano general. Estética de mediados de los setenta. Unos chiquillos que juegan al futbol en mitad de la calzada se apartan para dejar pasar a un taxi (un Seat 124 negro, con una franja longitudinal de color verde a cada lado). Los dos “protas” se van alejando poco a poco, con esos andares que les había enseñado James Dean. Mientras, el espectador ya intuye que van a aparecer en el centro de la pantalla esas tres letras que componen la palabra

F I N

jueves, 16 de agosto de 2012

SEX PIPE



Esa pipa que veis ahí arriba la compré el otro día en la Feria de Muestras de Asturias, cita obligada del verano gijonés. Se trata de una pieza moldeada en arcilla y procede de Perú, según la información que recabé del vendedor.

No es nueva la temática del sexo en mi colección, ya que desde hace tiempo cuento con estos otros dos ejemplares que os muestro a continuación. Se trata de pipas regaladas por familiares y amigos, que adquirieron en distintos puntos de la geografía nacional, pero desconozco si son obras de artesanos locales o fueron importadas de otros países.







lunes, 13 de agosto de 2012

UN DÍA PARA RECORDAR QUE PREFERIRÍA OLVIDAR ( I )




“Tengo un piso libre para mañana” me espetó Diptongo en cuanto me vio, justo una semana después de la fatídica tarde de la quema del colchón. A mí me entró el pánico, qué quieren que les diga. Creía que algo no iba a salir bien y un sudor frío me recorría la espalda sólo de pensarlo. Después trataba de tranquilizarme, porque pensándolo bien ¿qué es lo que puede salir mal?  Apenas nada:

1 –  Podemos quemar el piso.
2 –  O lo podemos inundar. ¿Porqué no?
3 – Suponiendo que no ocurra ningún desastre en el inmueble tendré que desnudar a mi pareja, y para eso hay que quitarle el sostén.
4 – No lo conseguiré  –¡maldito broche de mierda!–  y quedaré en el más absoluto ridículo.
5 -  Pero . . . ¿y si lo logro?  ¡Pues entonces peor!  Porque no tengo muy claro si sabré llevar a la práctica la teoría aprendida de forma clandestina en las calles del barrio, para qué les voy a engañar.
6 -  ¡Mamá tengo miedo!

Estaba ensimismado, sopesando todas las posibilidades, cuando mi amigo me devolvió a la realidad:

–Parece que no te alegras mucho . . .
–¿Para mañana domingo?
–Sí señor. El piso todo el día para nosotros.
–Joer tío . . . ¡eres un fenómeno!

El piso era de una tía suya, que lo compartía con su hija (prima de Diptongo), su yerno y sus dos nietas. Nos lo dejaban libre, obviamente de manera involuntaria, porque ese día se iba de boda toda la familia. Naturalmente Diptongo no poseía la llave, pero en cambio lo tenía todo estudiado: pasaría por la mañana a saludarlos  –lo que no debería levantar sospechas, ya que era uno de esos chavalillos amables que acostumbra visitar a la familia con asiduidad–  y aprovecharía la ocasión para dejar abierta una ventana que comunicaba la escalera con el hall.

Quedamos las mismas parejas de quinceañeros que la semana anterior. Así, con aparente naturalidad. Como si  fuese de lo más normal que unos  mocosos pasen la tarde encamados. Claro que la procesión iba por dentro, porque estoy seguro que mis colegas estaban tan nerviosos cómo yo, aunque los tres preferíamos interpretar el papel del lanzado del grupo.

Lo de las chicas resulta aún más difícil de entender. Está claro que tenían la misma curiosidad que nosotros  –y el mismo derecho, por supuesto–  por conocer y explorar el sexo contrario, pero no me negarán que ellas sí que echaban valor al asunto. Por un lado tenían que superar ese miedo a lo desconocido  –nosotros también, evidentemente–  y por otro cargar con el sambenito que la sociedad les iba a colgar si aquella aventura se llega a conocer. Y en eso sí que los chicos teníamos ventaja, ya que en aquellos tiempos del macho ibérico quedábamos como héroes cuando nuestros asuntos de cama salían a la luz.

El caso es que aún no eran las cinco y media de la tarde cuando me encontraba en la tétrica escalera de aquel vetusto edificio, aupando a Diptongo hasta la altura de aquel ventanuco, el cual cedió tras un leve empujón para que éste pudiese entrar a abrirme la puerta. Después hicimos desde el ventanal del salón la señal previamente concertada y Pérez y las chicas accedieron a la vivienda sin dificultad alguna.

Era un piso antiguo, de techos muy altos y con un pasillo larguísimo. A la entrada se encontraban el salón, la cocina y el baño. Al fondo estaban los dormitorios del matrimonio y las niñas, que ocupamos Diptongo y yo respectivamente. Y en el pasillo, a mitad de camino entre las dos zonas de la casa, la habitación de la vieja, que le tocó en suerte a Pérez.

Lo primero que hice cuando me encontré a solas con mi chica fue dejar la estancia totalmente a oscuras, supongo que para evitar que aquellos tipos que poblaban las paredes  –entre ellos algunos conocidos como el Oso Yogui, Snoopy o Nancy, la muñeca de moda–  observaran nuestros escarceos amorosos. En lo que respecta al combate cuerpo a cuerpo entre el broche del sujetador y un servidor, les diré que al termino del primer round el sostén ganaba a los puntos  –acabábamos de empezar y ya había encajado un directo en la autoestima y un par de ganchos en el pundonor–  cuando de pronto se abrió la puerta de súbito y apareció la silueta de Pérez.

Comencé a dedicarle mi retahíla de exabruptos reservada para las situaciones especiales, pero me ordenó callar utilizando la mímica, a la vez que cerraba la puerta del cuarto con mucho cuidado.

–Hay una vieja en la cocina– dijo al fin en voz muy baja.
–¡Venga ya, no me jod . . .

Me ordenó callar gesticulando ostentosamente, y tras tomar un poco de aire continuó hablando con el rostro tan desencajado que no tuve más remedio que creerle.

–¡Que es verdad coño! ¡Acaba de llegar y está ahí en la cocina!
–¿Será la tía de Diptongo?
–¡Yo qué sé! ¿Y ahora que hacemos?
–Voy a avisarlo. Tú vuelve a la habitación. ¡Y no hagáis ruido!
Evidentemente esto no es una serie de televisión. Pero si lo fuera, el director mantendría un plano fijo de la puerta del dormitorio vista desde el interior del mismo. Aprovecharía después el momento en que los dos chavales cierran la puerta tras abandonar el cuarto para fundir a negro y colocar en letras blancas el cartelito de

CONTINUARÁ

jueves, 9 de agosto de 2012

GRACIAS JOSHEMARI



No hace mucho publiqué en este blog un cuaderno con ilustraciones de El Principito (ese de ahí arriba es uno de los dibujos). Se trataba de un regalo para mi hija, fan de este personaje de Antoine de Saint-Exupéry que desde niña colecciona cuantas ediciones en distintas lenguas y formatos se le ponen a tiro.

Ayer recibí un ejemplar traducido al catalán. Me lo envía Joshemari Larrañaga, gran acuarelista, excepcional dibujante y mejor persona (todos le conocéis, pero por si hay algún despistado su blog es jmlarranagaacuarelas.blogspot.com.es). El libro viene con una dedicatoria para mi hija, unas palabras que según vas leyendo consiguen que se te empañen las gafas y tienes que hacer un esfuerzo para tragar saliva.

Un millón de gracias Joshemari. ¡Qué detallazo! Ayer, cuando hablé contigo, mi hija aún no había visto tu regalo. Hoy te puedo asegurar que tu Petit Príncep ocupa un lugar destacado en su colección y, lo que es más importante, también en su corazón.





lunes, 6 de agosto de 2012

CINCUENTA AÑOS NO ES NADA




Tan sólo con un poco de esfuerzo, ahora que hace medio siglo que nos falta Marilyn, estas  primeras jornadas del mes de agosto me podrían recordar aquellos bochornosos días del verano de 1955 en Nueva York. Sí, aquel que Tom Ewell se queda de rodríguez en la gran manzana.

¡Qué calor! ¡El mercurio no deja de ascender por el tubito de cristal! Los chiquillos del barrio pasan el día refrescándose en las bocas de riego; mientras sus hermanos mayores pasean con sus novias, invitándolas a helados de fresa y nata a la sombra de los árboles del gran parque. Los hombres de negocios, esos tipos que llevan sombrero Borsalino y nudo Windsor en la corbata, suelen tomarse más de un Manhattan en lujosos bares a última hora de la tarde, tras abandonar el despacho.

Pero Tom Ewell no. Tom se va derechito a casa, donde su vecina de arriba eleva aún más la sensación térmica. Y es que aquel verano Marilyn está más sensual que nunca  –si ello es posible, que lo dudo–  con ese porte de rubia ingenua que permite que el aire de aquella rejilla del Metro alce al viento la falda de su vaporoso vestido blanco, para que varias generaciones de admiradores podamos contemplar sus piernas de perfecto torneado.

Claro que aquí en Gijón no hay Metro, ni hace tanto calor. Tampoco estoy de rodríguez ni suelo tomar cócteles. Aparentemente ninguna de mis vecinas es rubia de bote y mucho menos ingenua. Así que, con este panorama tan desolador, me dedico a dibujar sin sombrero en la cabeza ni corbata con nudo estrecho al cuello.

No me digan más: ¡A ustedes también les gusta más Marilyn que mis dibujos! ¡Normal! Si es que esa chica es una obra de arte. ¡Si la hubiese diseñado yo no la habría hecho mejor!



jueves, 2 de agosto de 2012

NO SEaBURRA


Creo que fue Erasmo de Rotterdam quien dijo que el que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento.

Lo cierto es que yo, que como poco llevo viviendo conmigo desde que tengo uso de razón, no suelo aburrirme casi nunca. Y en caso contrario, pues me pongo a dibujar y problema resuelto.

Así nacieron estos apuntes a estilográfica y pincel de agua. En uno de esos ratos estivales y calurosos, de esos en que el tedio casi se apodera de uno.

Si es que ya lo decía la publicidad de una conocida discoteca en mis años mozos: no seAburra y diviértase.

Pues eso: ¡diviértanse! Y si es dibujando... ¡mejor!