lunes, 23 de octubre de 2017

MÁS ALLÁ DEL RÍO PECOS

 Aquel pistolero no dejaba de perseguirme por las calles de la ciudad

Ni siquiera la presencia del sheriff y sus ayudandes hizo cesar en su empeño al maldito forajido

Así que no me quedó más remedio que montar en mi veloz corcel y poner tierra de por medio...

jueves, 19 de octubre de 2017

MIA


Mia nació el otro día y es tan guapa como su abuela Isabel. O más. Ojalá haya heredado también su belleza interior  ––la de mi amiga Isa, digo––  y así el mundo será un poquito mejor.
Por mi parte sólo puedo adjuntar este dibujo de El Principito, que no es mal compañero de cuarto para ir creciendo…


lunes, 16 de octubre de 2017

IBICENCA

Una concha con una cazoleta de barro a un lado y una caña de bambú al otro, y ya tenemos una cachimba. Si además la adornamos con esa pasta que imita a la arcilla y con tres pequeñas piedras de colores... ¡tenemos una pipa bonita!

sábado, 26 de agosto de 2017

EL HERMANÍN



Los dos caobois se adentraron en el campamento indio totalmente desarmados, pero aún así los pieles rojas desconfiaban y no dejaban de apuntarles con sus flechas.

–Jao, gran jefe.

–Jao, rostro pálido. Tú ser valiente viniendo aquí sin armas.

–Venimos a hablar contigo.

–Vosotros decir que querer.

–Queremos que dejes libres a Llimi y a Bili, del rancho Morgan.

–No liberar ni de coña. Yo matar a todos si no volvéis inmediatamente a vuestra esquina de la alfombra (el jefe apache se refería a aquella alfombra verde de la salita que hizo las veces de pradera del oeste durante tantos años)

Entonces sentí girar la cerradura de la puerta de entrada y, dejando por una vez que los pequeños indios y vaqueros de plástico se las apañaran solos, me asomé al pasillo a ver quién llegaba. Y allí me quedé de piedra al ver a mi madre con aquello en los brazos.

–¡Mira Orla: el hermanín!

Meses atrás me habían comentado que si la cigüeña me traía un hermanín podría jugar con él y que si patatín, que si patatán; pero yo nunca había hecho comentario alguno que pudiera inducir a pensar que estaba de acuerdo con semejante idea. Por otro lado no me pareció que aquel enano supiera diferenciar a un caballo pinto de un corneta del séptimo de caballería, así que menudo compañero de juegos me habían traído.

–Ven hijo. ¡Ven a darle un beso!

Lo que faltaba: meten en tu casa a un tipo que te hace la competencia y encima lo tienes que besar. ¿A ustedes les parece normal?

¡Y qué cantidad de gente que lo vino a conocer! ¡Si es que le traían regalos y todo! Y algunos le decían que tenía las manos enormes. Y a mí, que las tenía mucho más grandes, nadie me decía nada. ¡Hay que fastidiarse con el enano de las narices!

El tiempo fue pasando, el enano creciendo ––tanto que hoy en día él es el más alto de los dos–– y llegaron las peleas, que siempre ganaba yo, claro.

Compartimos entonces juegos, castigos y la zapatilla de mamá, que descalzaba para los dos por igual. Y qué contar de gripes, catarros y demás enfermedades, que nos intercambiamos como buenos colácteos, exceptuando el sarampión que el muy desalmado permitió que padeciera yo solito.

No recuerdo exactamente cuando pero durante una buena temporada, tras la cena, nos tomamos juntos nuestros primeros ponches de vino quinado ––de aquella marca que daba… ¡unas ganas de comerrrrr!––, y no me negarán que une mucho eso de dormir las primeras borracheras compartiendo habitación.

El tiempo fue pasando y de repente un día, sin saber cómo, dejó de ser hermano pequeño para convertirse en amigo grande. Desde entonces ya no nos peleamos más, pero se va a fastidiar porque el beso no se lo voy a dar.