jueves, 10 de mayo de 2018

LA LA LA


Aquel sábado de primavera se adelantaba la hora de la cena en la mayoría de los hogares españoles (merienda-cena llamaban en mi casa a esto) y después las familias se reunían entorno al televisor. Por supuesto que los demás días del año también se veía la tele, pero era ésta una ocasión especial que sólo se repetía una vez cada año. Flotaba en el aire cierto nerviosismo y en mi casa ––supongo que en sus hogares sucedía algo similar–– veíamos aquella retransmisión con una ilusión fuera de lo común.

Ya habrán adivinado que el programa al que me refiero es el Festival de Eurovisión, ese concurso musical que ganamos en una ocasión y en otra compartimos el primer puesto con medio continente.

En los lejanos años de mi niñez todo el mundo esperaba repetir aquellos éxitos, de ahí aquel seguimiento masivo por parte de toda la población. ¡El 100% del share en hora de máxima audiencia! ¡Casi nada! Sí, ya sé que posiblemente ayudase el hecho de no tener TVE ningún tipo de competencia y que su otra cadena, el UHF, sólo llegara a los receptores de un número aún reducido de televidentes.

Sea como fuere, créanme que el Festival de Eurovisión levantaba pasiones y todo el país, chiquillos incluidos, aguantaba estoicamente aquel desfile de cantantes ––melenudos y vestidos de mamarrachos la gran mayoría–– a los que no entendíamos ni media palabra.

Pero todo era poco con tal de ver la participación de nuestro cantor, aquel hombre (o mujer, según el caso) que nos iba a representar allende nuestras fronteras. Les confieso que cuando por fin aparecía en el sobrio blanco y negro de nuestro viejo Telefunken se me ponía la piel de gallina. ¡Qué guapa estaba! O qué elegante, cuando era un varón. ¡Y qué bien cantaba! El mejor de todos, sin duda alguna.

Cuando el último participante concluía su actuación, el país organizador ofrecía un reportaje alabando las excelencias de su tierra mientras el jurado se reunía para deliberar. Después las puntuaciones. ¡Qué nervios, señores! ¡Qué ansiedad, qué angustia! Lo recuerdo como si de ahora mismo se tratara:

––Llunáitelquindon, ten poin. Guallámini, dis puan.
––¿Quién son esos?
––Inglaterra, ¡calla, calla!
––Llérmani, for poin. Lálemañe, catre puan.
––¡Qué barbaridad! ¡A esos siempre los votan!
––Calla, calla, que le toca a España.
––Naaaada. Otros que nos pasaron en blanco.

Un jurado tras otro pasaban sin dar un solo voto a nuestro país, hasta que de repente alguien puntuaba nuestra canción ––Portugal pongo por caso–– y entonces sentías como algo conmocionaba tu interior.

––Espein, guan poin. Laspaña, an puan.
––Ya os lo decía yo: ¡tenían que haber llevao a Manolo Escobar!
––¡O a ese otro que tanto me gusta a mí!
––¿A quién?
––Coño… ¡a ese de la corbata grande!
––Ah, Luis Aguilé.
––¡Ese, ese!

Después te acostabas y tus padres te daban las buenas noches con un beso que no conseguía aliviar ese resquemor que sentías al ver a tu país en la parte baja de la clasificación. Y para colmo en mi casa a nadie le gustaba el fútbol, que a los que sí siempre les queda el Sporting.

¡Y el gol de Marcelino, qué caramba!