lunes, 26 de marzo de 2018

EL DIPLOMA



Llevaba unos días sin ir a clase por culpa del maldito sarampión, aquella aburrida enfermedad que te obligaba a guardar cama sin la visita de amigos por temor al contagio y sin poder leer tebeos, ya que por motivos que desconozco había que cerrar la persiana del dormitorio a cal y canto, así como atenuar la luz de la lámpara con un celofán rojo. Cuando por fin me encontré  recuperado eran las fiestas del colegio, así que mis padres me llevaron ––conste que sin deleite por mi parte–– a la entrega de diplomas a los alumnos más aventajados.

Para celebrar tal evento se colocó una mesa alargada en el escenario del salón de actos y, sentados tras ella, varios sacerdotes comenzaron a entregar diplomas a los mejores  alumnos de PREU, los cuales esperaban entre bastidores hasta que escuchaban su nombre, para aparecer después orgullosos por la parte izquierda del escenario, recoger aquella cartulina enrollada y atada con una cinta roja y, tras estrechar la mano a todos los curas de la mesa, desaparecer tras la cortina de la parte derecha.

Yo estaba ansioso por saber quien sería el imbécil de mi clase que los curas habían elegido para representar semejante majadería, pero aún tenía que esperar un buen rato ya que tras Los chicos del PREU ––mira por donde me salió el título de una peli española de los sesenta–– entraron en escena los muchachos del Bachiller Superior, seguidos por los benjamines del Bachiller Elemental.

Tras ellos los retoños de Primaria también recogieron su premio por orden decreciente. Cuarto, Tercero, Segundo y por fin los de Primero. Con los del A no hubo sorpresas, ya que recogió su diploma un reputado empollón bien conocido entre sus coetáneos. Luego, cuando uno de los curas llamó al de Primero B, quedé petrificado al escuchar mi nombre. Pónganse en mi lugar: ¡pertenecía a esa rara estirpe de los empollones y ni siquiera lo sabía!

Empujado por mis padres ––¡corre hijo, que te llamó a ti!–– me vi obligado a atravesar la sala y subir al escenario visiblemente nervioso y confundido ya que, a causa del mencionado sarampión, no había ensayado el protocolo a seguir como el resto de "diplomados".

No sé cuanto tardé en hacer el recorrido desde mi butaca hasta la platea, recoger mi título de imbécil y regresar, pero recuerdo que se me hicieron eternos aquellos instantes en que era el blanco de las miradas de mis compañeros y de las risas de sus padres. Creo que fue aquel mismo día, tras sentirme tremendamente ridículo, cuando decidí que nunca más volvería a ser el primero de la clase.

¡Y les puedo asegurar que cumplí mi palabra a rajatabla!

jueves, 22 de marzo de 2018

RAMOS

Ahí me tenéis, un domingo de ramos de hace muuuuchos años. Posando elegante pero informal, y presumiendo de tenerla tan larga que no cabe en la foto (la palma, me refiero)

lunes, 19 de marzo de 2018

ABUELO


Sí, ya sé que hoy es el día del padre. Pero ahí me tenéis caracterizándome para representar al abuelo de La ceremonia, obra dirigida por Itziar Díaz, esa chica joven y guapa que está sentada al fondo a la derecha.

jueves, 15 de marzo de 2018

MARINERITOS AL AGUA


Primero unos te pillan despistado y te ponen el traje como quien
no quiere la cosa. Eso sí: solo un día.



Luego a otros se les ocurre, sin despiste ni nada, que te lo pongas 
durante año y medio nada menos.

jueves, 8 de marzo de 2018

HISTORIAS MÍNIMAS


Imágenes de la representación de algunas de estas piezas breves de Javier Tomeo. Fue hace año y pico en Gijón, en el Taller de Teatro del Antiguo Instituo.



lunes, 5 de marzo de 2018

¿PUEDO IR AL SERVICIO?



Cuando pedí permiso para ir al servicio me lo denegó. El sacerdote, digo. Era norma del colegio no dejar salir del aula en mitad de una clase, así que no me quedó más remedio que aguantar las ganas y los retortijones de tripas hasta que sonó el timbre. Supongo que ustedes habrán vivido alguna vez una situación similar, así que no me voy a explayar explicando qué se siente cuando se pasa por ese trance, ni recordándoles ese sudor frío que te empapa cuando percibes esa angustiosa sensación de que ya no resistes más.
En otro colegio cualquiera lo normal habría sido acudir a los retretes del mismo al terminar la clase, pero la magna institución que yo tenía por escuela era peculiar hasta cuando de evacuar el vientre se trataba. Si acudías con ánimo de defecar al servicio del cole lo más probable es que cuando estuvieses en plena faena, con los pies correctamente colocados sobre las marcas con forma de suelas que se encontraban en el piso para tal fin, se abriese de súbito la puerta ––que carecía de cierre, claro está–– y alguien te golpeara en la frente, cayendo sentado irremediablemente sobre tu propia mierda.
No, no voy a culpar a los curas por no haber podido cagar dentro del recinto del colegio ––como mucho eran culpables del lamentable estado en que se encontraban los excusados–– pero el caso es que me vi obligado a buscar una solución alternativa.
Salí del cole corriendo y me dirigí al quiosco que había justo en la parada donde solía coger el autobús de regreso a casa. Les juro que cuanto más me iba acercando mayor era la sensación de que no llegaba a tiempo (ustedes también conocen esa impresión, ¿verdad?)
Cuando pedí permiso a la quiosquera para utilizar su váter, me lo concedió con cara de pocos amigos. Una vez dentro, como era un niño obediente, seguí al pie de la letra las indicaciones que siempre me recalcaba mi madre: "Si tienes que hacer caca fuera de casa acuérdate de no sentarte, que puedes coger alguna enfermedad"
Claro está que a nadie le gusta cagar a pulso, pero lo primero es la salud. Así que bajé los calzones, apoyé las manos en las rodillas, efectué una leve presión con los músculos abdominales y... ¡choff!

Permítanme que haga un inciso antes de continuar relatando los hechos, pero no quedaría tranquilo si no explico a qué me refiero cuando utilizo la expresión "choff". Pues bien, dicho de forma sencilla "choff" es ese chapoteo que a ustedes les salpica las nalgas tras efectuar una deposición. Y ahora, con su permiso, voy a retomar la historia en el punto en que la habíamos dejado.

¿Choff?, pero… ¿dónde está el choff? Me di la vuelta imaginándo lo peor. Efectivamente: con las prisas no había descubierto el inodoro y evacué encima de la tapa. Intenté buscar una solución, juro que lo intenté, pero lo único que se me ocurrió fue salir por pies. Así que me limpié la parte del cuerpo que se suele limpiar en estos casos, adorné después con el papel el pastel que había dejado sobre la tapa y me fui raudo despidiéndome de la señora muy agradecido.
Y como supuse que la quiosquera siempre se acordaría de mí ––y también de mi madre, como se imaginarán–– cambié de quiosco y de parada de autobús. ¿Vergüenza? ¿Cobardía? No sé. Lo que tengo claro es que si me pilla me cago de nuevo, pero… ¡esta vez de miedo!