domingo, 27 de enero de 2019

RECUERDOS


¡Qué bien lo pasamos en aquel taller de Teatro Documental! Muchas risas y emociones, y también recuerdos de esos que dejan poso...





miércoles, 16 de enero de 2019

LOS DIEZ MANDAMIENTOS



Si me quieres dímelo
y si no vete al carajo
que otras mejores que tú
ya las tuve yo debajo

…solían entonar los muchachos mayores del barrio cuando mis amigos y yo aún éramos unos enanos. Cantaban eso y otras muchas cosas ––todas ellas ininteligibles para nosotros–– entre risas y comentarios jocosos, mientras los pequeños revoloteábamos a su alrededor intentando entender a qué se debía tanto cachondeo.

Les puedo asegurar que llegué a realizar un profundo análisis de la coplilla en cuestión y maldita la gracia que le encontré. Y si no me creen les ruego que continúen leyendo y verán a qué conclusiones era capaz de llegar un chiquillo en aquellos  años sesenta, cuando todo lo que tenía relación con el sexo era tabú por estos lares. Pongámonos pues manos a la obra, estudiemos la estrofa y veamos cómo los niños de mi generación ––y de otras muchas, me temo–– íbamos descubriendo, con la calle como única maestra, aquel tema que nos era vedado por nuestros mayores.

"Si me quieres dímelo y si no vete al carajo" dice la primera parte de la copla. ¿Qué será un carajo? ¿Estará ahí el meollo del asunto? ¿Habrá que saber ir al carajo ese para pasárselo en grande como los mayores? Sinceramente lo ignoro, pero tengo la impresión de que la chicha está al final de la estrofa, de manera que será mejor que continuemos analizando.

"Que otras mejores que tú ya las tuve yo debajo" continúa la canción. Y se descacharraban de risa los jodíos, mientras los más pequeños seguíamos en Babia sin enterarnos de nada.

¿Será que carecemos de sentido del humor? Improbable, amén de estadísticamente harto difícil, dado el alto porcentaje de chiquillos que no encontrábamos sentido a todo aquello. Y a mí, que vivía en el Tercero y a la única que tenía debajo era a la viuda del Segundo, no me parecía que eso fuese motivo para tanto jolgorio.

Así que, si no me quieres, quien se puede ir al carajo eres tú. Que a mí, a lo único que me obliga el hecho de vivir en este piso es a asistir a misa los domingos (ya saben, según los Mandamientos de la Ley de Dios, en el Tercero “Santificarás las fiestas”)

Claro que según esta teoría quien sale perdiendo es el que habita tres pisos más arriba, porque como todo el mundo sabe en el Sexto "No cometerás actos impuros". Aunque si la cosa urge siempre queda la solución de tirarse a la vecina de abajo. Y el marido a callar y consentir, ¿o ya no recuerdan que en el Quinto "No matarás"? (digo yo que les haría burla, porque ya me dirán de qué otra manera iba a defender su honra el pobre hombre)

Claro que en mi casa no teníamos ese problema ya que, al ser un Tercero, podíamos matar y cometer actos impuros cuando nos viniera en gana. Y además no estábamos obligados a tirarnos a la viuda de abajo (¡demos gracias a Dios!) Que yo recuerde lo único que tiré a la vecina del Segundo fue su pajarito. Ese que estás pensando no, caramba: ¡el canario que tenía enjaulado en la terraza!

Recuerdo que mi padre había instalado un artefacto que, con el fácil gesto de pulsar un botón, realizaba la tarea de recoger las cuerdas del tendal. Ni que decir tiene que para mí el mecanismo de aquel artilugio era alta tecnología importada de otra galaxia, así que no se me ocurrió otra cosa que descolgar el cordel desde mi terraza para ver hasta donde llegaba. Cuando comprobé que el cabo quedaba a escasos metros de la acera apreté el botón y el aparato mágico recogió la cuerda a gran velocidad.

¡Qué molada! ¡Lo que voy a presumir cuando lo vean mis amigos! Pero mejor será que haga otra prueba antes de realizar la primera exhibición con público, pensé a la vez que iba soltando cuerda fachada abajo. Esta vez no comprobé la longitud del cordel ––¿para qué?, si ya sabía hasta donde alcanzaba–– y pulsé el botón con total confianza. En principio el aparato recogió la cuerda con celeridad, pero de repente el hilo se tensó y el artilugio no tuvo fuerza suficiente para seguir jalando de la cuerda.

Me asomé para ver qué había sucedido y comprobé que el cordel, en vez de seguir su lógica trayectoria hacia la calle, se había metido ––¡no me pregunten cómo!–– en la terraza del Segundo, quedando su cabo enganchado a algo que estaba fuera del alcance de mi vista. Tiré entonces de la cuerda, pero no conseguí que se soltara. Jalé de nuevo, esta vez con más fuerza, y el aparato recogió el resto del cordel a la vez que en la terraza de abajo sonaba un estruendo.

Antes de que la viuda acudiese alarmada por el ruido pude asomarme unos instantes y ver el suelo de su terraza lleno de agua y alpiste, pero retrocedí en cuanto la oí decir: "¿Qué te pasó, Cuchirritín mío? ¿Cómo caíste tú? ¡Ay madre, qué susto tan grande llevaste!".

¿Susto?, sonreí mientras escuchaba a escondidas. Suerte tienes de que esto fue casualidad, que si lo pudiera repetir más le valía al Cuchirritín tener el corazón a prueba de infartos.

Porque… ninguno de los Diez Mandamientos prohíbe tirar al suelo jaulas de Cuchirritines, ¿no? O tal vez sí, no sé…

sábado, 5 de enero de 2019

QUERIDOS REYES



Un castillo que es morada de valientes caballeros, una gasolinera donde reposta el parque móvil liliputiense, un trenecito que sube y baja avanzando sin descanso por su circuito, una máquina de habilidad en la que las bolas se resisten a entrar en los agujeritos, un carromato como los de las caravanas de las pelis de vaqueros. Y por supuesto metralleta en ristre, pistolón a la cintura y un buen cargamento de pistones, para defenderlo todo si fuese necesario…

Queridos Reyes: ¡esta noche lo tenéis difícil para superar esto!